Las ballenas jorobadas se elevan en el horizonte, sobre el océano infinito del planeta-isla Melquiades. En su vuelo, acompañado de melodiosos sonidos, dejan una estela de estrellas por el firmamento. Hermano, único testigo del evento, disfruta en esos instantes del salvaje espectáculo de la naturaleza y de su soledad.


«CONOZCA EL ÚLTIMO PALANETA-ISLA NO HABITADO Y DE SUS MARAVILLOSOS ATARDECERES. ¿ALGUNA VEZ HA VISTO VOLAR A LAS BALLENAS? AGENCIA DE VIAJES ATLANTIS. COORDENADAS: 74WI/39/299»

—Esto es la trócola. ¿Me has escuchado? —pregunta Cuñado con su característica voz desagradable—. ¿Qué tienes entre las manos? ¿Un folleto antiguo?

—Lo encontré en la biblioteca —responde Hermano a la vez que mete deprisa el papel el bolsillo de su mono de trabajo—. Es de antes de la guerra.

—¿La biblioteca? Pero si ahí ya no va nadie.

Hermano lo sabe. Por eso se escabulle de sus quehaceres en la nave colonial. Huye de la eterna charla de Cuñado, en busca de solo unos instantes de soledad.

—Te lo repito, que estás muy distraído —insiste Cuñado—. Este es el traslador de trócola. ¡No lo toques sin meter unas coordenadas antes! Aquí tienes la lista. Te llevará de una parte a otra de la nave.

El superior escupe las palabras mientras gesticula con sus largos brazos. Hermano lo mira resignado. Lleva usando el traslador desde hace ciento quince años y Cuñado le explica lo mismo una y otra vez. Es incansable.

—Venga, te dejo —anuncia el jefe con tono urgente—. Y no olvides de usar la pulsera de retroceso, para regresar a esta sala. Por si te equivocas en algún número de las coordenadas —añade con una sonrisita—. No me gustaría que acabases flotando en el espacio.

Hermano asiente mientras contempla como Cuñado abandona el módulo de la nave en el que permanecen. Le duele la cabeza, siempre hay prisa. Todo tiene que estar listo cuando los colonos despierten, dentro de quinientos años.

Hermano se coloca la pulsera de seguridad y comienza su trabajo: limpia las canalizaciones del módulo, filtros y deja impoluta el gran mirador que muestra el silencioso espacio infinito por el que navegan desde hace más de un siglo. A la hora de introducir las coordenadas para desplazarse al siguiente módulo una idea le cruza por la cabeza. Saca el antiguo folleto del bolsillo y teclea en la consola del traslador: 74WI/39/299. Después, con la manivela, acciona la trócola.



El canto de las ballenas inunda el ambiente. El atardecer del quinto día en Melquiades le sigue pareciendo a Hermano tan mágico como el primero.

Un sonido rítmico le saca de su ensoñación, proviene de su pulsera. La alarma que le avisa que ya es hora de regresar junto a Cuñado en la nave colonial. Hermano suspira. Pulsa en el aparato con un dedo y apaga el mecanismo. ¿Cuánto tiempo podría vivir solo en el planeta-isla? Despacio teclea en la pantalla de la pulsera: 200. Luego cierra los ojos para disfrutar del maravilloso canto de los cetáceos.



Comentarios
  • 1 comentario
  • Mclean @Mclean 2 months ago

    Me ha gustado la historia y el estilo. Pero no he visto ninguna acotacion NO dicendi,,,


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