Las crónicas de la época decían que era el lugar más hermoso de todos los océanos. Resplandeciente como una perla, el más exitoso de los asentamientos de los sin-escamas. Ahora, apagada y gris, la Ciudad Dormida no es más que el recuerdo de una época de leyenda.

Rulia apoya su mano sobre el material que asoma de un muro derruido.

—¿Cómo pudieron crear algo así? —pregunta, fascinada por su tacto.

—No lo crearon. —Rulia se vuelve hacia el maestro Luzo, expectante—. Se llama madera. Se obtenía de unas formas de vida del exterior, los árboles.

—Ah, las algas de aire.

—Plantas —corrige.

Rulia encoge un hombro. Ya nadie usa esa palabra, igual que ya nadie recuerda el nombre de la Ciudad Dormida. Ni siquiera el maestro. Casi todo el conocimiento de los sin-escamas se había perdido en el paso del tiempo y las corrientes. Si todavía quedan respuestas a sus misterios, será fuera del agua. Inalcanzables.

Más adelante, llegan a un área despejada de construcciones. En su centro, se alza la estatua conocida como “La Reina”. Con brazadas suaves, Rulia se acerca a la efigie, mil veces reproducida en tallas y pinturas en todos los océanos; ninguna llega a rozar su grandeza.

Quizá sea el material, dorado e imperturbable milenios después del fin de su era, el que confiere a ese rostro suave un aire orgulloso.

—¿Recuerdas su historia? —La voz de Luzo la sobresalta.

Rulia asiente despacio. Aparta la mirada de los ojos fríos y eternos de la estatua.

—Los sin… los humanos —dice, recordando el término preferido por su maestro— eran muy numerosos, así que tras hallar un modo de hacer cúpulas de aire empezaron a construir ciudades bajo las aguas. Pero entonces los oceanitas dejaron de depender del exterior y estalló una guerra. —Hace un gesto amplio hacia las ruinas—. Este fue el último asentamiento humano dentro y fuera del agua gracias a su reina. El arma que construyó aniquiló a sus enemigos, pero también hizo que no pudiesen respirar el aire del exterior. Y cuando la cúpula falló…

Sus palabras quedan suspendidas en el agua.

Se quedan allí, quietos, contemplando el perfil irregular de los edificios. Finalmente, Rulia rompe el silencio.

—¿Por qué debemos estudiar a los sin… humanos? —Frunce el ceño—. Hacían cosas increíbles, pero también fueron egoístas y crueles, y por eso acabaron así.

—Ah, pero ese no es el final de su historia —apunta Luzo.

—¿Y cuál es?

Una sonrisa se extiende por el rostro del hombre.

—Muchos humanos perecieron, es verdad —dice—, pero unos pocos lo consiguieron. Dieron con grutas llenas de aire respirable y, con el tiempo, se volvieron capaces de vivir en el agua. Aunque para entonces ya no parecían humanos y no recordaban que lo fueron.

—Entonces… —boquea.

—Su historia es la nuestra. Si hay un final o si su civilización vuelve a despertar… eso depende de nosotros.

Rulia dirige una mirada a La Reina. Bajo la tenue luz que llega de la superficie, parece sonreír.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Not Today darkman @Farran 2 months ago

    Un buen relato, no sabes como envidio esa sencillez narrativa que dice tanto con tanta facilidad, y sin esfuerzo aparente. Yo soy más barroco, y no encuentro el camino para escribir relatos con la sencillez narrativa que muestra el tuyo, y con un nivel tan agradable de lectura. ¡Buen trabajo!

  • L_Goimil @L_Goimil 2 months ago

    @Farran ¡Muchas gracias! Para mí lo complicado es extenderme, al menos escribiendo jaja. Tuve un profesor de literatura que nos pedía ser "concisos, precisos y exactos", y después del primer examen se quejó de que yo era demasiado concisa. Supongo que ese es mi estilo.


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