—¿Te pongo lo de siempre? —preguntó la camarera.

—Si, por favor.

Ricardo observó embobado como regresaba a la cocina para pedir sus tostadas con ajo. Le parecía un encanto y era muy simpática y agradable, aunque dudaba si esa forma de ser venía incluida en el trato al cliente. Además, era preciosa. Unos minutos después, ella regresó con su desayuno.

—No les eches mucho ajo, o no querrán besarte —bromeó al servírselas.

—Dudo que nadie quiera besarme —dijo él mientras apartaba el portátil.

—Nunca se sabe… —contestó ella, sonriendo, antes de marcharse a atender otra mesa.

Siguió mirándola de manera furtiva mientras terminaba de desayunar y sus miradas coincidieron en varias ocasiones. En algunas de ellas, creyó ver una sonrisa como respuesta. Terminó su desayuno y volvió a coger el portátil para continuar escribiendo.

—¿Eres periodista? —preguntó ella cuando vino a recoger la mesa.

—En realidad no —contestó él, sorprendido ante su interés—. Soy… bueno, intento ser escritor.

—¿En serio? Me encanta leer… Por cierto, soy Miriam —dijo tendiéndole la mano.

Él se la estrechó.

—Yo soy… soy Ricardo. Perdona, es que estoy algo nervioso…

Ella sonrió.

—¿Te pongo nervioso?

—Bueno, es que en realidad… no sé… —empezó a decir.

—Me gustaría saber sobre que escribes —le ayudó ella—. ¿Me contarías tus historias algún día? Podría ser tomando algo...

—Por supuesto, eso sería un placer.

Un grito sonó desde la cocina y Miriam se disculpó antes de ir a ver que pasaba. Cuando abrió la puerta, Ricardo vio unas enormes llamaradas que cubrían toda la encimera del fondo.

—¡Joder, Silvia! —gritó ella al entrar.

Ricardo recogió sus cosas y se acercó a la cocina, preocupado. Olía mucho a quemado.

—¿Miriam? ¿Necesitáis ayuda ahí dentro?

La camarera salió con otra mujer. Ambas iban cubiertas de hollín. Su compañera llevaba un trapo goteando sangre enrollado en una de sus manos. El humo comenzó a llenar el local. La gente se asustó y empezaron a abandonar la cafetería a toda prisa mientras el incendio se propagaba por ella.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Ricardo ayudando a Miriam a sacar al exterior a la cocinera, la cual estaba a punto de desmayarse por la pérdida de sangre.

Afuera ya había clientes con el teléfono, unos pidiendo ayuda a los servicios de emergencias, otros, grabando como la cafetería ardía.

—Se cortó la mano con la cortadora de huesos —dijo Miriam sofocada—. Por lo visto, al hacerlo derramó el aceite hirviendo sobre la plancha y comenzó todo a arder. La mano estaba dentro…

Cuando llegaron los servicios de emergencia, poco quedaba que rescatar de la cafetería. Una ambulancia se llevó a la cocinera al hospital. Miriam y Ricardo se quedaron mirando los escombros humeantes del local.

—Gracias por ayudarme a sacar a Silvia —dijo ella y le dio un beso en los labios que duró unos segundos.

Cuando se separaron, ambos estaban ruborizados.

—Sabes a ajo —dijo ella sonriente.

—Y tú a humo —contestó él, antes de volver a besarla.

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