Smid, el herrero del pueblo, se la había encontrado una semana atrás cubierta de sangre y mugre. Ella le aseguró que la sangre no era suya y acto seguido perdió la consciencia.

Cuidó de la joven durante los dos días que permaneció dormida y la invitó a quedarse cuando despertó. Su nombre era Liefde y huyó de su salvador tan pronto como se hubo presentado. Smid la buscó en vano hasta que cayó la noche y, al volver a casa, encontró un guardapelo en el rellano de la puerta. La l grabada en él le hizo creer que había pertenecido a Liefde, así que lo guardó con celo, recordando a la misteriosa belleza cada vez que lo veía.

Pasarían meses hasta que volviese a saber de ella. Smid continuó sus rutinas y el mundo siguió su curso, pero la intriga y confusión nunca lo abandonaron. Hasta que un día, amaneciendo, la fortuna llamó a su puerta. Liefde había regresado, esta vez con su propia sangre emanando de las heridas superficiales.

—Estuve viviendo en el bosque. Mas estuve vigilante de que nadie viniera a por ti... y a por él—dijo, señalando el guardapelo.

Smid tenía preguntas, pero prefirió atender a la salud de Liefde primero. Mientras la curaba, con delicadeza inesperada en un herrero, ella daba explicaciones.

—Es un talismán bendito. Protege de las calamidades. No lo he robado, si es lo que piensas. Es mío por derecho. Son otros quienes lo codician.

—¿De ellos te escondes?

—No debería haber vuelto... el talismán estará seguro contigo y tú con él. Tómalo como un presente por tu... amabilidad.

Smid sintió la urgencia de impedir que se fuera, de protegerla.

—Puedes quedarte. Si el guardapelo funciona como afirmas, te mereces mi hospitalidad.

Liefde se mordió el labio.

—No vino nadie en dos meses... quizá...

—Quédate—dijo Smid, sabiendo que necesitaba un último empujón.

Así comenzó su vida juntos.

La educación de alta cuna y su paciencia convirtieron a Liefde en una maestra para los niños. Aunque tímida al principio, la calidez del pueblo y las atenciones de Smid, a quién se sentía más apegada cada día, hicieron que mostrara su sonrisa más a menudo.

Una tarde, tras medio año de tranquilidad, las madres pedían detalles a Liefde sobre su vida con el herrero, pero ella, como siempre, negaba todo y volvía a casa sonrojada.

Al llegar vio que la puerta estaba abierta y encontró a dos hombres armados; uno aferraba el talismán y el otro limpiaba la sangre de su espada. Smid, tirado en el suelo, apretaba su muñeca, separada de la mano.

—La diosa del Infortunio—la señalaron.

La agarraron y forcejeó, queriendo llegar a Smid, pero en su forcejeo tiró un quinqué, cuya llama se extendió por la madera.

—Tú y tu mala suerte.

El fuego trepó por muebles y paredes, devorando todo a su paso.

—S-Smid... lo siento...

El herrero intentó levantarse en vano, pues lo patearon de vuelta al suelo. Liefde desapareció con ellos.

—Mi querida... mi Liefde... te encontraré.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar