Etesio entró en la oficina como un vendaval. Aunque sonreía y charlaba con sus compañeros, no podía dejar de mirar a la joven morena que fumaba en el sofá. Se sentaba de modo relajado, pero estaba claro que era cliente y tenía mucho de lo que preocuparse.

La puerta del despacho del jefe se abrió. El troll que llevaba aquel negocio de alquiler de músculos los hizo pasar.

–Este es Etesio. Es un céfiro. –le dijo a la jovencita –Es nuestra mejor espada. Y lo vale, ¿entiendes?

–Entiendo –respondió ella, y dejó un puñado de rosas de fuego ante el jefe.

–¿Ifrit?– dudó Etesio

–¿Algún problema?

–No. No sabía que había ifrits tan guapas.

Ella puso los ojos en blanco y omitió el comentario.

–Soy Sharara. Vamos a recuperar la Gema de Ashura. A por todas. ¿Te vienes?

Etesio asintió y ella le colocó una pulsera.

–Pues está hecho. Ahora eres mio, vientito.

Caminaban con rapidez. Sharara decía sentir la dirección en la que estaba la gema. Iban hablando de tonterías. Ella era fuego, fascinante pero voluble. Tenía la mente ágil y el humor retorcido. Juntos, el tiempo pasaba rápido. Pararon para comer junto a una fuente ornamental.

Sharara se levantó, alarmada. Etesio sacó su espada de viento. Un látigo de fuego se la arrebató de la mano mientras otro le cogía del cuello. El ifrit enorme que los manejaba llevaba la Gema de Ashura sobre su pecho y reía. Estiró, lanzando al céfiro al agua, inconsciente. Sharara gritó y desato una llamarada contra aquel demonio. Él la esquivó y desapareció en un remolino de arena.

La ifrit metió la mano en el agua cogiéndole del cabello y le arrastró fuera. Le dejó boqueando. El dolor era insoportable. La mano le humeaba. Había perdido fuego, y el daño estaba avanzando.

Etesio le cogió del antebrazo para examinarla. Sentía el calor de la piel del joven sobre el brazo, era reconfortante. Su cara de preocupación, enternecedora.

—Te estás enfriando. Hay que cortar.

Sharara asintió. Él recuperó su espada para amputarle la mano muerta.

–Mírame a mi. No es necesario que lo veas.

Ella negó con la cabeza.

–No quiero relacionar tu cara con esta tortura.

Se quedó sorprendido con la fuerza la chica. Se había equivocado con aquella criatura. Era asombrosa.

Llevaban horas caminando detrás del Ifrit gigante, siempre en la dirección que ella indicaba. Sharara trastabillaba, agarrándose el muñón vendado. Etesio sabía que se estaba muriendo. Aquella criatura maravillosa se moría, y era culpa suya.

La cogió por la cintura y la acompañó hasta un banco. La dejó allí, adormilada, y se coló en una casa cercana. Una casa de madera, una casa con una chimenea humeante. Etesio sacó su espada una vez más, y usó el viento para avivar las brasas.

Volvió al banco, alzó a la joven, que estaba fría, y la llevo en brazos hacia la casa en llamas. Tal vez él muriera en el intento, pero ella tendría una oportunidad.

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