La puerta del calabozo se abrió. Dos guardias entraron arrastrando a una joven inerme que encerraron en la celda de enfrente.
La mujer se hizo un ovillo en el suelo.
Era la primera vez que tenía compañía..
-Hola –dijo cautelosamente a la chica.
Ella solo se aovilló más.
-Parece que estás asustada. Lo comprendo. Bueno, no del todo. No es que yo sienta miedo. Más que nada, siento un aburrimiento mortal.
Lentamente, ella levantó la cabeza y lo miró.
-¿No estás… asustado?
-No. Y tú tampoco deberías.
-¿Cómo se supone que no voy a estar asustada? Me han sacado a rastras de mi aldea, me han puesto esto- dijo sacudiendo los grilletes- y no sé qué van a hacer conmigo. Solo hay dos maneras de que salga de aquí, ya muerta o que me lleven a la hoguera por brujería.
-¿Brujería? ¿Eres una bruja de verdad?
-¡No, no lo soy! ¡Me tendieron una trampa, nunca he tenido poderes, ni he hecho magia de ningún tipo!
-Tranquila, solo era una pregunta. Te creo.
-… Gracias.
-Yo estoy aquí acusado de ser un demonio. ¿Ves esta cadena?- dijo señalando el grillete que lo unía a la pared- Es de plata. Anula los poderes sobrenaturales. Por eso tu llevas unas iguales.
-Pero la mía no me ata a la pared.
-Ya… bueno, yo antes estaba como tú. Pero les daba palizas a los carceleros que se acercaban. Así que… tachán.
Ella rió.
-Bonita risa. Deberías sacarla más a menudo. ¿Cómo te llamas?
-Gaela.
Los días pasaron más plácidamente para Daemel ahora que Gaela estaba allí. Y para Gaela la situación se llegó a hacer soportable con él haciéndola reír constantemente.
Llegaron a conocer cada recoveco del interior del otro. Se unieron de una manera que ninguno de los dos podía admitir aún.
Hasta que un día, vinieron a por Gaela. Y ambos sabían lo que aquello significaba. Daemel, por primera vez sintió miedo. Montó en cólera, tiró de las cadenas, gritó, pero no pudo zafarse.
En el forcejeo con los guardias, Gaela rompió el cinturón que sujetaba la espada de uno de los guardias, dejándola a su alcance. Entonces, vio la salida para ambos.
Sin vacilar, la desenvainó y la descargó sobre su muñeca, amputando su mano encadenada.
Entonces, todo se tornó rojo fuego.
Cuando Gaela despertó, una luz rojiza bañaba el cielo nocturno. A lo lejos, el castillo y sus terrenos ardían como una tea. Y a su lado, estaba Daemel.
-Antes de que digas nada- dijo él-, sí, yo sí soy un brujo. Muy podreoso. Tanto, que me catalogaron como demonio. Sin la plata, pude desatar mi poder- dijo enseñándole el muñón ya curado-. Supongo que… ahora me temerás. O me odiarás por ser un monstruo.
-No, no te temo. Nunca te temería. Siento algo muy fuerte a tu lado, pero no es temor. Ni odio.
Daemel la miró y ambos sonrieron. Se levantaron y se alejaron de aquel lugar. Una nueva vida les aguardaba en alguna parte.

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