_Chac_. El hacha de carnicero separó la mano de la muñeca con limpieza. Abel mordió con fuerza el trapo empapado en alcohol para no gritar. Emma volvió a levantar el hacha.
—¿Con una mano será suficiente?
Abel asintió mucho y muy rápido. Escupió el trapo.
—Joder, ¡cómo duele!
—Dijiste lo mismo con el torniquete.
—¡Pues ahora me duele el doble!
La chica sonrió. Abel estaba hecho un quejica, pero un pacto era un pacto. Ella ponía la vieja casa del campo y el riesgo de que sus padres los descubrieran, y Abel ponía el trozo a sacrificar.
—Pero, ¿seguro que va a funcionar, no? —El chaval estaba a punto de romper a llorar.
—¡Que sí, no te pongas tonto! La magia negra no engaña. Venga, ayúdame con la gasolina.
Entre los dos dibujaron la estrella de seis puntas en el suelo, alrededor de donde había caído la mano. Emma encendió la cerilla.
—Señor de la oscuridad, príncipe de la destrucción. Acepta este sacrificio humano y concédenos nuestros deseos. —Hizo una señal a Abel para que siguiera él.
—Danos el poder de enamorar a quien nos mire. Que caiga rendido a nuestros pies quien nos vea. Acepta este sacrificio.
Se sonrieron el uno al otro.
—Nunca más seremos los friquis del instituto —dijo ella.
—Pienso ligarme a todas las de segundo —dijo él con una sonrisa ilusionada—. Esa mano hay que amortizarla.
Emma le guiñó un ojo y dejó caer la cerilla sobre el hexagrama.
La bola de fuego les cogió por sorpresa. No es fácil calcular cuánta gasolina es demasiada. No cuando eres un adolescente frustrado y todas tus esperanzas de conocer algún día el amor dependen de un ritual de magia negra.
—¡Mierda mierda mierda! ¡Se ha prendido la cortina!
—¡Sacúdete, tienes fuego en la manga!
—¡Hay que hacer algo!
Bajaron las escaleras de la vieja casa corriendo como endemoniados hasta la cocina. Abel empezó a llenar el único barreño que vio con agua de la pila.
—¡¿Qué haces?! —Emma le sacudió el barreño de las manos—. ¡No se le puede echar agua, es gasolina!
—¡Mierda mierda! ¿Qué hacemos?
—¡Vámonos! No da tiempo a hacer nada, la casa es de madera.
—Pero… —Abel empezó a boquear como un pez fuera del agua. Emma estaba demasiado cerca—. Tus padres… mi mano está arriba… lo va a saber todo el mundo…
Emma le cerró la boca con un beso.
—Cállate, idiota. ¿No tenemos ya lo que queríamos los dos?
La mirada que cruzaron habría sido suficiente para otro incendio. Abel comprendió.
—Yo… sí —dijo.
—Y yo.
Se fueron corriendo, tomados de una mano, y fueron felices para siempre.

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