Las llamas cubrían todo el viejo edificio. La Unidad 8 del Cuerpo de Bomberos recibió el aviso diez minutos antes y enseguida se puso en marcha.

En cuanto vio entrar en la casa incendiada a aquel fornido hombre, vestido con el traje ignífugo, notó que una chispa, igual que la había provocado aquel fuego, se prendió en su interior. Enseguida, se dio cuenta de que el bombero había sentido lo mismo y pudo vislumbrar una tímida sonrisa.

La mujer se mostró complacida cuando la sacó del edificio. Se sentía segura en brazos de su héroe. Entre tanto, el bombero no dejó de lanzarle pícaras miradas. Los dos se dieron cuanta enseguida que había química entre ellos.

—He visto como me mirabas —le dijo el bombero una vez que acabó su trabajo.

—Sí —reconició el policía—. Ha sido impresionante cómo has rescatado a esa mujer.

—Es mi labor. Me ha ayudsdo mucho que tú me fueras abriendo las puertas. —Después cambió de tema y decidió lanzarse—. Oye, quizá quieras ir a tomar algo.

—Lo siento, pero no va a poder ser.

—¿Y otro día?

—No creo que a mí mujer le parezca bien.

—Vaya, estas casado. Eso complica las cosas.

El policía se quitó una cadena con un amuleto. Se la entregó al bombero con delicadeza.

—Así te acordarás de mí cuando la veas.

—Y cuando tu mujer vea que no la tienes, ¿qué le dirás?

—Le diré que he perdido la mano de Fátima en una intervención. Solo es un amuleto.

El bombero tomó el regalo. Después le dirigió una mirada resignada al policía.

—¿Cuándo volveremos a vernos?

—Quizá en el próximo incendio —respondió el patrullero antes de montar en el coche y regresar a la Comisaría.

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