Recuerdo la primera vez que le vi, paseaba un doberman y yo atravesaba el parque para ir a trabajar. Le volví a ver cada mañana, con el pulso acelerado. No hallaba motivo para acercarme a él y decidí comprar a Toffee, un caniche; desde entonces todos los días nos encontrábamos y hablábamos mientras desplegaba mis encantos.

Si me demoraba siempre esperaba, ya no quería irse sin saludarme aunque llegara tarde al trabajo. Comenzamos a quedar para desayunar antes del paseo; fuimos contándonos nuestras vidas y aspiraciones entre tés, cafés, bollos y cacas de perro.

Hasta que un día me invitó a ir al cine. Por supuesto acepté; los dos sabíamos que atraíamos al otro pero nos daba vergüenza hablarlo, esa noche sería una buena oportunidad.

Vimos una película de acción que no recuerdo porque la pasé mirándole de reojo y deseando que no se oyeran los latidos de mi corazón. Al acabar y encenderse las luces, dijo algo que se me clavó como un puñal: “Anda, ahí está mi ex”; pero me dio la mano para bajar las escaleras y eso disipó cualquier mal pensamiento hacia aquella chica que acababa de salir de la sala.

Me solté para ir al baño consciente de que observaba mis pasos. Antes de volver comprobé ante el espejo que seguía bien maquillada y peinada; quería estar perfecta porque esa iba a ser la noche en que subiéramos un escalón ——como mínimo—— en nuestra relación.

Con mi mejor sonrisa fui a su encuentro pero se me congeló al verle hablando con la arpía de su ex novia.

——Mira, esta es Sonia.

“Hola Sonia”, debería haber dicho, pero no pude porque me quemaban el pecho y las mejillas. Con la mente opaca, saqué del bolso un mechero que no usaba desde que dejé de fumar y lo encendí junto a su pelo. Si yo ardía por dentro ella ardería por fuera, y así fue, porque al contacto con la llama surgió un fogonazo y la coleta actuó como una mecha. “Demasiada laca, bonita”. Comenzó a gritar y correr hasta chocarse con uno de los carteles que también prendió. La gente huía chillando y el fuego iba en aumento. Yo también corrí pero a la altura del kebab un policía me interceptó y me esposó una mano a la barra.

——Tú no te mueves de aquí ——me dijo——. Vuelvo enseguida.

Ese madero no sabía que no me gustan las órdenes. Cogí el cortador de carne y ante el espanto del camarero me amputé la mano apresada a la esposa; la sangre me saltaba a la cara y no podía ver bien, por lo que el corte fue bastante chapucero. Salí corriendo abandonando mi extremidad, pero no llegué muy lejos porque me desmayé.

Desperté en el hospital, y de allí vine aquí, de donde no parece que vaya a salir en mucho tiempo. Mi abogado dice que no me queje porque esto es mejor que la cárcel.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Vaya que me he reído. No me sorprende en nada que hayas escrito esto. Eres polifacética. Te desenvuelves muy bien en temas espinosos como en estos, graciosos. Muy bueno y demasiado agresiva la tipa esa.

  • ¡Muchas gracias! Me costó un montón recortarlo para ajustarme a las 500 palabras. ¡Voy a leer el tuyo!


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