—¡Adela, ven! ¡Mira lo que he conseguido!

El niño esperaba a su amiga con su muñeca de trapo preferida en la mano, a la que arrancó una manita cuando la niña llegó a su lado.

El grito de la niña fue puro enfado.

—Espera, Adela. Todavía no te he enseñado lo que quería.

Con la lengua asomando entre sus labios, el niño sujetó la manita junto al muñón, por el que asomaba un poco de algodón. Antes de que contara diez, unos hilos invisibles comenzaron a tirar de la mano hasta que quedó de nuevo cosida al brazo, como si el accidente nunca hubiera ocurrido.

—Jonás… ¿Cómo lo has hecho?

—No lo sé. Solo tengo que concentrarme mucho en curar o arreglar lo que he roto y listo. Siento haber roto tu muñeca para el experimento…

—No importa… ¿Puedes hacer lo mismo con las personas?

—Nunca lo he intentado. Me da un poco de miedo.

*

Por desgracia, Jonás hizo bien en tener miedo de probar su poder en personas.

Cinco años más tarde, tuvo una discusión con Adela. Fue en ese momento cuando le hizo más daño. Y cuando tuvo que curar aquello que había roto.

Él había sido egoísta al considerar que podía tomar la decisión de marcharse lejos sin contárselo a Adela porque, dijo, no quiso herirla. Adela era fuerte y quería lo mejor para él, así que le dijo: “El egoísmo sólo te destruye”, mientras le daba un bofetón. El anillo que ella llevaba le arañó la mejilla, que sangró como en ese momento lo hacía el corazón herido de su amiga. Él le cogió la muñeca, que se había torcido al pegarle, y se concentró en curarla.

Adela de inmediato sintió un alivio inmenso. También en el corazón, porque leyó en los ojos de Jonás que no volvería a considerarla débil.

Esa fortaleza los mantuvo unidos cuando, después de curar a un niño que se cayó del columpio delante de otras personas, empezaron a experimentar con el poder de Jonás. Le hicieron un daño que él no pudo curar y ella estuvo siempre ahí para fortalecerle incluso cuando no podía comer del asco.

—Prométeme que nunca, nunca jamás, volverás a utilizar tu poder en público.

—Te lo prometo, Adela.

Huyeron. Se alejaron de los que solo buscaban sacar provecho de la generosidad de Jonás y se dedicaron a hacer pequeños milagros secretos.

Hasta que Adela corrió un peligro de muerte y Jonás rompió en pedazos su promesa. Las llamas la cercaban y el humo la ahogaba después de que, en un despiste, Jonás se dejara encendido el brasero. Notaba cómo su piel parecía derretirse allí donde el fuego la rozaba. Sus ojos, a punto de cerrarse, se abrieron de golpe al sentir cómo un aliento que entraba por sus labios la limpiaba por dentro y le acariciaba las quemaduras. Se encontró con los ojos sonrientes de su amigo pegados a los suyos.

—Nunca me imaginé que para poder besarte tuvieras que ponerte en peligro.

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