—...Abuela, soy Ana...¡Pero si me fui hace solo tres meses!...¿Qué?...Un minuto, ¿Sí? después te llamo.
Colgué el teléfono y corrí hacia la cocina. El pan que había puesto en la tostadora seguía blanco...Por si acaso desenchufé el aparato. Imaginé que a algún vecino se le había pasado la comida en el horno. Pero no, el olor a quemado era demasiado intenso. Salí al balcón para cerciorarme de que calle abajo todo estuviera normal. Una vez fuera, algo en el balcón vecino me llamó la atención: por las puertas abiertas se filtraba una cortina gris, que ondeaba contra el viento...

—¡Humo!

Sin pensarlo salté la pequeña reja que separaba nuestros balcones y entré en el departamento contiguo.
Comencé a toser. Debería haber avisado al portero y no lanzarme hacia allí a hacerme la heroína. Ni siquiera sabía si había alguien en el departamento a quien salvar...Debía llamar a los bomberos. Quise retroceder, pero el humo me ocultaba la visión, tropecé y ya no recordé hacia qué lado debía ir.
Corrí hasta toparme con una puerta, supuse que era la de entrada. La abrí, y solo vi un destello antes de correr hacia el cuerpo que yacía tendido en medio de la habitación. Fuego. Llamas que lamían sillones sin compasión.

—¡Mateo! —Susurré al cuerpo. Solo sabía el nombre de mi vecino por la correspondencia equivocada. ¡Vamos, hay que salir de aquí!
Se revolvió en el piso, lo sacudí y con mi ayuda al fin logró levantarse.

—Incendio...—balbució

Me miró confundido, pero no había tiempo para explicaciones. Lo arrastré hasta la puerta. Las llamas nos rozaban los talones, el pecho me ardía, sentí como un brazo caliente me envolvía los hombros y me guiaba ciegamente por el laberinto.
Tropecé y caí al suelo. El calor era sofocante. Todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor...Un grito. Algo se retorcía a mi lado. Y entonces unos labios en mi oído...

—Ana...Fuego...Ven...

No me movía, pero la puerta del balcón comenzó a hacerse visible de repente. Mis pies tocaron el suelo, y con fuerza sobrehumana logré que avanzaran hacia la luz. Estábamos en el balcón. Nos abalanzamos sobre la reja que separaba los departamentos, y caímos uno sobre otro al otro lado del balcón. Escuchamos una sirena, y a continuación voces y pasos caminando sobre el incendio. Me giré en el suelo y abracé instintivamente a Mateo, al tiempo que derramaba mis lágrimas contenidas sobre su hombro. Estábamos a salvo. Mi por aquel entonces vecino me atrajo hacia él con fuerza, y entonces al levantar su brazo ahogué un grito: en el lugar donde tendría que haber estado su mano había una masa de carne y sangre. Ampollas rojas cubrían la superficie de su piel, la sangre salía a borbotones y su muñeca estaba completamente negra...

—Sabía que la mano la perdió en el incendio, ¡Pero no hacía falta que contaras eso! ¡Ahora ya no voy a poder dormir!

—Bueno, vos querías saber exactamente cómo fue que papá y yo nos conocimos...

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