Moha dirigió la antorcha hacia la roca y descubrió el cuerpo. Por lo general, la caverna se usaba para sacrificar animales, pero ese día era especial.

Encendió un par de pebeteros y se detuvo a escasos centímetros, incapaz de acercarse más a quien hasta esa mañana fuera su enemigo. Mikauro yacía tal como lo había imaginado: bocarriba, desnudo, cubierto de heridas y rodeado por gigantescas moscas verdes.

Horas antes, una turba golpeó a la puerta de Moha con la noticia de que habían atrapado a un mosaki (un desterrado), y que, antes de su muerte, se había identificado como Mikauro.

―¿En dónde está Mohín? ―preguntó al cadáver―. Yo mismo te lo entregué cuando era un bebé. ¿En dónde está mi hijo? Debías esconderlo, no robártelo.

Respiró hondo y caminó hasta ubicarse sobre él. Hacía muchos años que no veía a Mikauro, pero le pareció que se había encogido.

―El tiempo fue bendito contigo ―susurró observándole los hombros, firmes como los de un guerrero. Moha, en cambio, había terminado convertido en el viejo y solitario sepulturero de la aldea.

Detalló los múltiples orificios que dejaron las lanzas. Con seguridad fue un ataque sorpresa, pues los mosaki, y este en particular, eran demasiado escurridizos para ser atrapados por los torpes cazadores de su aldea. El rostro era una masa de sangre coagulada irreconocible y los brazos estaban aplastados, pero lo que llamó su atención fue la mancha con forma de medialuna en la palma de la mano derecha. Acercó la llama de la antorcha y sostuvo la respiración.

―No, no, no, no ―Retrocedió y la tea se resbaló de sus manos―. Esto no me lo esperaba. No, Mohín… Hijo mío. Tú… no. Debe haber un error.

Cuando Mohín nació, los sabios predijeron que aquella marca era el presagio del fin para la aldea, pero Moha se había encargado de evitar la muerte de su primogénito ocultándolo, y Mikauro, como buen amigo, se ofreció para huir con él. Desde entonces, Moha lamentó cada noche su decisión.

―Maldito Mikauro… ―gimió y se acurrucó en un rincón a llorar. Era su pequeño, el único recuerdo que tenía de Jamela, su esposa.

Cuando Moha abandonó la caverna era de noche y todos dormían. Sobre su cabeza una hermosa luna alumbraba el valle. Permaneció en silencio, contemplando el sinnúmero de chozas que se extendía a su alrededor. Había dejado de llorar y respiraba con dificultad, esforzándose por no dejar caer la antorcha de nuevo.

―Ustedes asesinaron a mi hijo ―susurró mientras caminaba a través de las callejuelas de tierra y encendía los techos de paja con frialdad―. Ustedes asesinaron a mi hijo.

Se alejó repitiendo la frase. Cuando estuvo a cierta distancia se dio vuelta. La aldea era un tétrico espectáculo de llamas rojas y amarillas. La profecía se había cumplido.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Midyakri @Midyakri 5 years ago

    Hola Piper! Me ha gustado bastante tu texto, las profecías autocumplidas siempre son un círculo interesante sobre el que escribir y que hayas usado ese recurso para crear un duelo me parece una excelente elección. Destacaría además tres cosas: 1. La buena puntuación en los diálogos. 2. La descripción del cadáver, sin medias tintas, mostrándonos todo el sufrimiento por el que habrá pasado antes de morir, transmitiéndoselo a su padre con toda la crudeza del mundo. 3. Me gusta la estructura que le has dado, convirtiéndolo en una historia con toda la información necesaria como para ser autocontenido, y que el lector se sorprenda con el protagonista. Una excelente aportación este mes :) Te leo en Junio!!!

  • Gracias por el comentario, Midyarki. Me levanta el ánimo.


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