Caminando bajo el yugo de la luz lunar y pisando los caminos que guían a la muerte, observo indiferente las fosas enfiladas del camposanto preguntándome con desasosiego el verdadero motivo por el cual existe la vida, y si esta en verdad vale la pena vivirla. Y, solo, con la compañía de los muertos y el canto de sus lamentos tomo entre mis dedos una rosa marchita acudiendo a mi mente un pensamiento desolado.

Los humanos como las flores somos frágiles de nacimiento. Nacemos, crecemos, morimos, es nuestro ciclo infinito pero, ¿Por qué debemos pasar por esto? Los años pasan y envejecemos mientras la muerte siempre presente en nuestras vidas, nos arrebata la compañía de nuestros seres queridos y nosotros sin poder evitarlo nos quedamos inmóviles en un rincón de la habitación esperando a que la muerte se digne a venir por nosotros.

Durante años he sido el encargado de enterrar el recipiente del alma que llamamos cuerpo, enterrando consigo memorias que quedan en el olvido. En cada caso veo la desesperación en el rostro de los vivos que se lamentan bajo salinos lloros, veo la aprehensión en otros que no son capaces de llorar y en su lugar se reprimen en una ira irrazonable.

Hoy por ejemplo y poniendo a la luna como testigo de este entierro fortuito que me acompaña en este momento de pesar. Yace dentro de la fosa un cuerpo recién llegado dispuesto a ser sepultado acompañado solo por dos personas cabizbajas que lo miran desde el exterior. Una de ellas como es de esperarse cubre su rostro de traslucidas lágrimas mientras la otra permanece de pie reprimiendo una mueca en sus labios y con el entrecejo fruncido por la aprehensión. Hasta que éstas al cruzar mirada una con otra, esbozan una sonrisa maliciosa hasta estallar en carcajadas.

Me quedo parado con pala en mano mirándolas desconcertado. En todos mis años como enterrador jamás había visto tal reacción. Sin comprender me acerco a ellas intentando averiguar en vano el motivo de sus risas pero de inmediato me ignoran continuando con su alegría.

Sin saberlo, me acerco a la fosa contemplando el rostro del hombre que pronto estará bajo tierra. Sus arrugas y ojeras pronunciadas contrastan con la blancura de su rígida piel mientras sus hilvanes plateados descansan desordenados sobre su ancha frente.

La imagen ante mí hace que me hunda en el desespero ¿Por qué vivimos? Me vuelvo preguntar jalando de mis cabellos con fuerza brutal. ¿Por qué morimos? Me pregunto hundiendo mis uñas en mi rostro. ¿Por qué debemos pasar por esto? Entonces, en un arrebato de ira sin poder dar respuesta a ninguna de mis preguntas, grito al cielo blasfemias en contra del Dios que nos ha puesto en la tierra. En ese momento,encuentro el motivo de la burla. Esas jovencitas no son familiares, ni amigos, solo unas conocidas que tuve la desfortuna de toparme en el camino de un callejón de mal agüero.Eso no me lo esperaba.

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