Lanzó la pala a la parte de atrás de la furgoneta mientras se secaba una gota de sudor con la manga. Se limpió las manos en el pantalón de trabajo, satisfecho con los remates de la fosa que acababa de cavar. Los rayos del sol poniente teñían la piedra blanca de la lápida de dorado mientras el nuevo operario la colocaba.

El nombre en la lápida llegó a su cerebro sin pasar por sus ojos. Se acercó decidido a comprobar que había sido una ilusión, pero allí estaba, grabado en piedra con letras ornamentales.

VERÓNICA JORGE TERUEL

Su corazón se paró un segundo. No era posible. No Verónica. No su amiga de la infancia. No esa sonrisa luminosa que siempre prendía primero sus ojos. Tomó aire muy despacio. ¿Cuántas mujeres podía haber con ese nombre? Puede que no tantas, pero sin duda más que una. Amagó una sonrisa nerviosa. Seguro que se trataba de alguna anciana entrañable. Al día siguiente aquella tumba estaría rodeada de nietos confundidos por el hecho de que la gente muere.

Se dirigió con paso decidido a la parte de delante de la camioneta para buscar los datos de su orden de trabajo. Quería comprobarlo. Necesitaba comprobarlo.

Tomó la carpeta con fuerza y los papeles revolotearon, fijados a la tabla por una pinza metálica. Repasó con avidez los datos. Sus nudillos se pusieron blancos por la fuerza del agarre; las manos comenzaron a temblarle. Se le humedecieron los ojos. Apretaba los dientes con saña, pero no pudo evitar proferir un grito inhumano.

Fue a la parte de atrás de la furgoneta sin saber bien qué hacía. Recogió la pala y golpeó con ella presa de la furia. La chapa de la camioneta resonó. La tierra del cementerio absorbió el golpe con la misma parsimonia con la que lo absorbía todo, cada recuerdo de cada vida. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas mientras la pala rebotaba contra la lápida, que ya no estaba inmaculada. Cada golpe dolía. Pero no lo suficiente.

—Para de una vez —dijo una voz femenina. Él levantó la mirada para encontrase con un el fantasma de una mujer joven. —Me vas a arruinar la casa —apuntó ella con una sonrisa que prendió primero en sus ojos espectrales.

–Perdona. Es que… —titubeó el enterrador mientras la pala resbalaba de sus manos. El corazón le latía en cada articulación. Terminó en un susurro: —No me lo esperaba.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar