Por ahí vienen. Ya escucho los cantos acercándose.
Lentamente, la comitiva está llegando a su destino. Y yo les espero con toda la paciencia del mundo, porque es un trabajo que no quiero realizar.
¿Cómo ha podido pasar algo así? ¿Cómo?
El día comenzara como otro cualquiera. Había salido a dar una vuelta, como todas las mañanas, en busca de comida, pues me había despistado y ya no me quedaba nada, ni siquiera para desayunar. Luego me había encontrado con mu hermano. Todo normal. Ningún indicio de que la desgracia estaba a la vuelta de la esquina. Literalmente.
Me había parado junto a unas flores que olían especialmente bien, pero mi hermano continuó un poco más, atraído por otro aroma. No dejaba de gritarme que fuera con él, que nunca había olfateado nada parecido. Tenía que haberle hecho caso las primeras veces que me lo gritó. Si lo hubiera hecho, me habría dado cuenta antes del engaño, podría haberlo detenido a tiempo y él seguiría entre nosotros.
¿Quién iba a pensar que sería traicionado por lo que más le gustaba? Las flores, por supuesto. Más bien una flor en concreto. Rosada, brillante y rebosante de pétalos. Nadie podría resistirse a algo así. Claro que si mi hermano se hubiera fijado, se habría dado cuenta a que estaba pegada esa flor.
Fue tan solo un segundo, un instante y ya estaba posado sobre ella. Su aguijón se clavó en la humana que llevaba aquella bella planta. Un grito. Un manotazo. Y mi hermano cayó al suelo. Inerte. Tieso. No volvería a mover las alas.
Y ahí estaba yo ahora, observando una vez más su pequeño cuerpo destrozado por el engaño de los humanos. No tendría que haber terminado así. Tendría que ser yo el que estuviera muerto y no él. Podría decir que no me lo esperaba, pero es que todos los días me pasaba algo así. Suspiré y tapé su cadáver como tantas veces había hecho con hermanos anteriores. Entierro uno cada día. Al fin y al cabo, es mi labor en esta colmena.

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