Blancas, pulidas como cantos rodados en la playa. Grises y negras, salpicadas con motas de plata como una noche estrellada. Me detengo un instante en mi tarea y alzo la mirada, rodeada por un mar de mármol y alabastro, innumerables placas, jarrones y estatuas. Las modas también van cambiando, incluso en algo que debería ser tan prosaico. Una piedra con tu nombre y dos fechas. Nacimiento y muerte, azarosos y absurdos. Él te lo dio, Él te lo puede quitar. Y te lo quita. ¿Tiene sentido dar un regalo, y luego arrebatártelo? Tan pronto, tan injustamente.

Pocas personas me entienden. Para la mayoría, soy egoísta, débil, quejica... Los adjetivos son variados, y supongo que todos piensan que son acertados. Nada más lejos de la realidad. Que el tiempo todo lo cura es una gran mentira; pero sí es cierto que hace que vayas olvidando. Yo me niego a que sea así. Y quien piense que elijo el camino fácil, no tiene ni idea. Nadie imagina lo duro que es mantener las heridas abiertas como el primer día. Lo fácil sería dejarlas cicatrizar, seguir adelante. Pero ahora que no estás, sigues viviendo cada vez que alguien te recuerda. Y pienso seguir recordándote por mucho que me duela.

Estoy acostumbrada al silencio. A diferencia de la mayoría de los trabajadores, no sufro estrés ni ruidos molestos. Mi tarea es sencilla: cavar, ayudar a bajar el ataúd, y tapar de nuevo el agujero que acabamos de abrir. Colocar la lápida y encargarme del cuidado y mantenimiento del cementerio.

Sí, mi tarea es muy sencilla: ver la muerte todos los días, los llantos, la pena, el duelo de familiares y amigos. Lo que no imaginaba era tener que enfrentarme a la Dama Negra de esta forma, a este dolor tan inmenso, a este horror sin nombre. No me lo esperaba, y aquí estoy, hija, limpiando tu lápida, una más entre todas, en este océano de alabastro y mármol, sin poder aceptar que te hayas ido. Pensando en ti a cada momento, como si así pudiera anclarte aquí a mi lado. Sabiendo que todos me miran con pena o irritación cuando hablo de ti como si siguieras con nosotros. Y es que me niego, me niego a aceptarlo, aunque ya hayan pasado años. Los demás ya no te recuerdan, no te mencionan. Pero yo nunca te fallaré, hija. Estás conmigo, para siempre.

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