Hornachuelos había sido siempre un pueblillo pequeño; tan chiquitajo que casi tenía que andar de canto, no fuera a dar un paso de más y salirse sin querer de la municipalidad. Su padre había llegado a decir que, para censarlos, contaban a los melojos a puñados.

¡Ay, que tan reconfortante dislate había hecho asomar una frágil sonrisa al rostro de Alfonso mientras caminaba pegado a una tapia cuajadita de musgo! Iba él distraído, desbordado por multitud de recuerdos, pero sin fijar la mirada en el suelo.

Era una mañana primaveral, la luz del sol le caldeaba el rostro y la brisa ligera revolucionaba sus rizos rebeldes. Desde el sendero del Águila era capaz de divisar el arroyo de la Rabilarga, al norte, envolviendo las casuchas en maternal abrazo hasta morir trágicamente en la presa. Al sur, el Bembézar huía presuroso en busca del Guadalquivir. Ay, ¡cuántas tardes de pesca se difuminaban ahora entre neblinosas reminiscencias! Casi las mismas que habían trajinado juntos por el monte, seguro, buscando setas.

Era consciente de que no volvería a ser completamente feliz: la larga sombra que proyectaba aún en su corazón no lo toleraría. Pero, al menos, Alfonso estaba decidido a ser tan dichoso como ese vacío en el pecho le dejase ser. Es lo que él hubiese querido.

Se desvió, cogiendo la trocha que subía cuesta arriba y que daba a parar al cementerio viejo.

Había pasado demasiados meses fuera del pueblo, desconectado. Le había dado tiempo a la ira de desvanecerse, pero la tristeza no iba a marcharse. A cada paso, instantes aparentemente irrelevantes de su pasado común lo asaltaban sin piedad. Las fragantes matas de romero trajeron de nuevo a su mente la imagen de Don Alfonso, tomándolo de la mano en aquel mismo camino. Amaba los días que iban juntos al camposanto porque pasaba largos ratos con él, en su trabajo. Hablaban de todo, frente a la lápida del abuelo.

Ahora, por primera vez, era a Don Alfonso al que venía a visitar. Las lágrimas pugnaban por abandonar sus ojos cansados, tenía seco el gaznate… pero no pudo evitar sentir una especie de excitación, de impaciencia, como cuando se va a ver a un viejo amigo. Un amigo con el que había compartido nombre, profesión y sangre.

—¡Válgame Dios! ¡Alfonsito! ¡Dichosos los ojos que te ven, quillo!—Un compañero, le atajó antes de que pudiera siquiera abrir la quejumbrosa verja de hierro—. No me lo esperaba.

—¿El qué?

—Verte de vuelta.

—El pueblo tira —mintió—, con la miaja que es.

—Y tanto, que como escupas y pille el viento a favor, le arreas el pollo a los del otro lado del río. —Toñito, el de la Juana, sonrió complaciente—. Pero… imagino que la familia tira más.

—Imaginas bien… Imaginas bien, Antonio —contestó, algo cohibido. El paisano volvió alegre a sus quehaceres, cuidando de los muertos. Él retomó camino, entre tumbas, buscando un epitafio. Porque a Don Alfonso nunca tuvo que buscarlo, siempre lo acompañó.

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