Manu se levantó despacio, preguntándose por qué le costaba tanto despertarse. Como si tuviera una terrible resaca aunque no recordaba haber bebido. Sonrió al pensar que no acordarse podría ser un síntoma de haberlo hecho.

Sonó el timbre y el ruido se le clavó en el cerebro como la broca de un taladro. Lo de haberse emborrachado tomó fuerza, más al ver cómo estaba la sala: envases vacíos de comida basura y latas ocupaban el sofá y la mesita. Por la puerta entreabierta de la cocina alcanzó a ver el fregadero lleno de cacharros sucios.

Quitándose las legañas con la mano abrió la puerta. Se sorprendió al encontrarse allí a su cuñada, la hermana menor de Elena, su mujer. Tenía mala cara, debía de haber roto con su novio y venía a desahogarse, cosa que ocurría mínimo una vez al mes.

—Hola Mari.

—Hola Manu, ¿cómo estás?

—¿Yo? Bien, aunque tengo una resaca terrible, debimos de liar una buena ayer. Elena no está. Está… —¿Dónde estaba su esposa?—. Habrá salido a correr, se nota que no bebe ¿eh?

Mari se quedó mirándole con los ojos muy abiertos y de repente le abrazó muy fuerte.

—Vaya. —Manu la rodeó suavemente con sus brazos—. Esto sí que no me lo esperaba, pero ya sabes que estoy enamorado de tu hermana —dijo y soltó una carcajada.

María se separó y le miró a la cara. Tenía los ojos rojos y al tenerla tan cerca observó sus profundas ojeras.

—Manu, tenemos que hablar. ¿Tienes un momento, verdad? —preguntó y se sentó en el sofá.

—Claro, hoy libro. Menos mal que no soy el único enterrador del cementerio, porque con esta resaca hubiera sido mortal ir a trabajar. Aunque mis clientes no se quejan mucho, je je. —Se calló y se sentó a su lado—. Lo siento Mari, cuando estoy nervioso solo digo chorradas, y me ha puesto nervioso verte así. Cuéntame, aunque ¿no prefieres esperar a Elena y hablar con ella? Estará al llegar.

Mari le cogió las dos manos, suspiró, le miró a los ojos y comenzó a hablar:

—Elena no va a volver. Hace tres días, mientras iba en bicicleta, un camión la atropelló.

—¿Qué dices? ¿Es una broma? No tiene gracia. Pero ninguna. —Le soltó las manos y se puso en pie.

—Manu por favor, intenta recordar, antes de ayer la enterramos, te empeñaste en meter tú el ataúd en el nicho. Dijiste que si habías hecho eso con un montón de desconocidos cómo no ibas a hacerlo con tu mujer.

—No puede ser. —Seguía de pie pero los ojos se le humedecieron y se tambaleaba.

—No hubo ninguna fiesta anoche, la sensación de resaca se debe a las pastillas para dormir.

Con una rapidez mareante, los tres últimos días fueron apareciendo cada vez más nítidos en su mente. Se dejó caer en el sofá y se tapó la cara con las manos, llorando como el niño desconsolado en que se había convertido.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Midyakri @Midyakri 5 years ago

    Tu relato anterior me gustó, con una personalidad extrema XD y graciosa. En este otro, a un mundo de distancia en cuanto a sensaciones... creo que te has superado. :)

  • ¡Muchísimas gracias!


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