En 1906, Pierre Curie, el amado marido de la gran Madame Curie, murió en un trágico accidente de tráfico. Tras ese triste suceso, nuestra querida científica halladora del radio se quedó destrozada. No levantaba cabeza, apenas comía y casi no dormía. Su vida había perdido todo el sentido.
Sus hijas, totalmente desatendidas, no terminaban de entender la situación. Irène era demasiado joven como para entender que nunca más volvería a ver a su padre; Ève era demasiado pequeña para entender lo que significaba la muerte. Pero Marie… Marie sabía lo que era la muerte y, aunque se le atisbara ridícula, comprendía que nunca más volvería a ver a su Pierre.
Incapaz de verla en tal estado, su suegro la animó a que volviera a su trabajo como enterradora o, al menos, a que regresara al laboratorio. La científica, a pesar de que sabía que necesitaban el dinero de su trabajo como sepulturera para sobrevivir, no se atrevió a acercarse a los muertos, pero sí tomó la decisión de volver a su laboratorio.
Craso error. El laboratorio era un recordatorio constante de Pierre, de lo que fue y de lo que ya no era. La fría y arisca Marie se derrumbó en medio del radio. Nada valía la pena. Nada, absolutamente nada. Torturada por la muerte, Marie se volvió loca. Sin miramiento alguno, destrozó todo cuánto Pierre había tocado alguna vez. Y entonces lo vio. Su muerte. No, su salvación. Radio. Mucho radio. Sin pensárselo más, la gran Marie Curie se tragó cantidades ingentes de radio, hasta que su cuerpo, ante tal atrocidad, desfalleció.
Durante los siguientes meses, Marie vivió y murió para el dolor: su piel empezó a enrojecerse, se le formaron yagas y, cuando meses después creyó ver la luz, se recuperó.
“Un milagro”, dijeron muchos. Ignorantes. Marie había visto la luz, vaya si la había visto, pero no de la forma en que ella esperaba. Su amado radio, nocivo para el cuerpo humano, le había salvado la vida, le había reconstruido todas y cada una de sus células. Y haría lo mismo con su Pierre.
Recuperada como se encontraba, volvió al laboratorio y se aseguró de conseguir la mayor cantidad de radio posible. Probablemente solo tendría una oportunidad, probablemente saldría mal, pero ¿y si…?
Marie decidió aferrarse a esa posibilidad. Se fue al cementerio de noche y, escudada en su trabajo, desenterró a su marido y se lo llevó a casa, dónde el radio fue su alimento día tras día. Madame Curie cayó en una ensoñación obsesiva en la que vivía por y para Pierre. Y, por fin, su amado despertó.
—No me lo esperaba —susurró Pierre, moviéndose por primera vez tras meses en descomposición.
Esta es la verdadera y secreta historia de Madame Curie, la que pocos se atreven a decir, porque si lo fuera… ¡Qué mujer, la que descubrió el radio! Así que no debemos sorprendernos si algún día nos encontramos con alguien sospechosamente parecido a Marie Curie. Probablemente sea ella.

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