Ningún padre desea sobrevivir a su hijo. Como sepulturero, había enterrado hijos ajenos, pero no me planteé que llegaría el día en el que otra persona tendría que hacerlo con mi Mario. No me lo esperaba, fue todo de pronto. La fiebre se apoderó de él y en el hospital los médicos nos dijeron que era leucemia. Solo tenía cinco años.

Durante el funeral mi exmujer, Olga, y yo dejamos a un lado nuestra indiferencia mutua. Nos cogimos de la mano como viejos amigos y la apretamos con todas las fuerzas que ya no teníamos. El divorcio había sido complicado, pero al menos tenía a Mario en custodia compartida. Pero ya no me quedaba nada.

Al acabar, Olga me dio un beso en la mejilla.

—No hagas como siempre y te refugies en tu trabajo. —Con la yema del pulgar retiró los restos de carmín.

—No te prometo nada. —Esbocé un intento de sonrisa.

Incluso en nuestro peor momento ella me conocía mejor que nadie.

Al llegar a mi piso en Parla lo sentí frío. Tenía que vaciar su habitación, pero no me sentía capaz. Me acerqué al mueble bar y me eché un par de dedos de whiski con hielo. Al final se me aguó porque no tenía ni siquiera ganas de beber. Esa noche me quedé dormido en el sofá.

A la mañana siguiente, para ir al baño, tuve que cruzar por delante de su cuarto. No pude continuar caminando. Me caí de rodillas en mitad del pasillo y me llevé las manos a la cara. Lloré y lloré como nunca en mi vida. Más incluso que cuando había muerto porque en ese momento fui realmente consciente de que ya no estaría conmigo.

Cuando conseguí parar la pena dio paso a la rabia. Grité mientras levantaba el colchón, volcaba la estantería, tiraba al suelo toda su ropa. Era un niño.

En el hospital recé para que Dios no se lo llevara. Mi madre me habría dicho eso de: «Los caminos del Señor son inescrutables», pero ¿qué ganaba Dios arrebatándome a mi hijo?

La puerta de casa se abrió. No oí los pasos hasta que vi a Olga en el umbral de la habitación. Se sentó despacio a mi lado en medio del caos.

—Sabía que estarías haciendo algo así.

En silencio, me apoyé en su hombro y seguí llorando.

—Estaba en casa con mis hermanas y no podía dejar de pensar en ti porque sabía que estarías solo. —Me acarició con suavidad el brazo—. Se están desviviendo por ayudarme, pero no entienden por lo que estoy pasando. Necesitaba estar contigo.

Después, me ayudó a recoger todo. Antes de marcharse me dio otro de sus besos húmedos en mi mejilla.

—Mañana vendré a comer contigo. —Y se marchó.

No hicieron falta más palabras. Ambos supimos que no habíamos vuelto. Nuestras diferencias seguían presentes, pero en aquel momento nos necesitábamos mutuamente. A Mario le hubiese encantado vernos juntos así.

Comentarios
  • 5 comentarios
  • Midyakri @Midyakri 5 years ago

    Y yo creo que en emotividad has ganado muchísimo. Me encanta. Chapó

  • Elein @Elein 5 years ago

    Este relato me partió el corazón. Triste y tierno, creo que fue el más humano de la competición. Felicidades!

  • Muchas gracias :( No es de mis favoritos, la verdad, lo escribí bastante a ciegas.

  • Mariagozu @Mariagozu 5 years ago

    Muy real, enhorabuena!

  • Gustavo Macher @Gustavo 5 years ago

    Cómo ya te comenté es uno de mis 3 relatos favoritos de este mes y es el más emotivo, desde luego. Enhorabuena.


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