Las enterré en el extremo oriental del camposanto, entre el río y la encina. Podría haber sido un trabajo más, otra pobre víctima de la enfermedad, la vejez o la violencia, pero aquella vez era diferente; aquella vez, los cuerpos que ayudaba a regresar al polvo del que procedían eran los de mi mujer y mi hija. Maldije cien veces para mis adentros mientras contemplaba sus tumbas sencillas, presididas por sendas cruces de la mejor madera que pude conseguir. Todo era culpa mía. Nunca debí hacer aquel trato con la banda de Wesley. Cuando no pude hacer frente al tercer pago y quemaron la carreta, Elena me suplicó que nos marchásemos, pero no quise. En aquel momento, renunciar al hogar que el padre de mi padre había construido con sudor y lágrimas era algo impensable para mí. Sin embargo, lo que aquellos hombres hicieron cuando finalmente fui incapaz de saldar mis deudas… no me lo esperaba. No era capaz de imaginar tanta maldad, tanta crueldad. Ingenuo.

Ahora mis escasas posesiones ya no valen nada. No son más que objetos inútiles comprados con la sangre de mis seres queridos. Pero no dejaré que esto quede así. Esos asesinos no tienen derecho a andar libres mientras ellas se pudren bajo tierra. Por eso ahora cavo con frenesí, en un lugar apartado, muy lejos de tierra sagrada, cuatro fosas sin nombre; cuatro tumbas anónimas para cuatro almas perversas que pronto arderán en el infierno.

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