—Lo dije una infinidad de veces y lo repito. Te quiero. Te amo, te adoro y lo que hemos pasado juntos jamás abandonará mi corazón ni mi memoria. Pero estás muerto y después de cinco años creo que ha llegado el momento de aceptarlo —El chico alza los ojos al cielo, no quiere llorar.

»Por fin veo con claridad lo que todos repetían una y otra vez: no podría haberlo evitado, no puedo cambiarte el sitio y no puedo unirme a ti. Mirando atrás me avergüenzo, siento que todo este tiempo te he retenido a la fuerza, que me aferraba desesperado a todo lo que tenía tu olor y tu recuerdo para no perderte. Pero el olvido no depende de las posesiones materiales y como he dicho sé que siempre estarás en mis recuerdos.

»Hoy quiero que conozcas una persona, la que ha conseguido abrirme los ojos después de que el dolor y la tristeza cosieran mis párpados. Lo hizo poco a poco, para que la luz no me cegara. Tan lenta y sutilmente que la primera vez que me encontré riendo junto a ella empecé a llorar. No me lo esperaba, estaba convencido de que jamás volvería a ser feliz y esa risa me sonó a traición. Pero ella entendió mis lágrimas y pasamos el resto de la noche en silencio, paseando de la mano por la ciudad.

»Quiero que seas el primero en conocerla.

El chico estira un brazo y acaricia la lápida frente a él. Cierra los ojos y deja que sus dedos repasen el nombre gravado en ella. Es la primera vez que lo hace. En tres años ha pasado multitud de veces frente a ella pero nunca pudo tocarla, ni tan siquiera para limpiarla. Siempre era otro de los trabajadores del cementerio quien se encargaba de que esa zona estuviera ordenada y perfecta. Respira hondo, mira a su alrededor y siente una paz interior como jamás ha experimentado. El bosque está en calma y la suave brisa le acerca el olor del mar. En su mente un cementerio jamás será una lúgubre sucesión de ataúdes, cruces y ángeles de piedra, para él no hay mejor reposo eterno que devolver a la Tierra lo que durante décadas se le había arrebatado. Por eso se hizo enterrador, para guardar cenizas, recuerdos y cariño bajo tierra y ver nacer árboles de ellos, recuerdo eterno de todo lo que somos; uno más en este mundo y a la vez indispensables. Por supuesto enterrar a un extraño no es lo mismo que ver desaparecer bajo tierra lo que queda de tu ser más querido. Incluso ahora, años después, a veces aún se le revuelve el estómago ante el olor a tierra húmeda y sabia.

El chico se levanta y avanza entre los árboles hasta donde ella le espera. Juntos rehacen el camino y se detienen frente al diminuto pino que las cenizas de Ramón alimentan.

—Ramón, esta es María. Seguro que seréis buenos amigos.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Alex R.G. @Alex 5 years ago

    Me preguntaste si es posible que mi confusión se debiera al cambio del diálogo a la narración: Es posible que, lo que me confunda sea el cambio de narración a monólogo y nuevamente a narración. Pero repito, es una obra que me ha encantado y me fue dificil tener que escribir algo en los contras.


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