La rabia le hacía clavar la pala en la tierra y, a cada palada que daba, el agujero se hacía un poco más grande.

Las lágrimas resbalaban por su rostro embarrado mientras seguía ampliando el foso. No entendía el motivo de que las cosas fuesen así, de quién decidía que le llegase la hora a alguien. Tenía claro que la edad era un factor que no se podía combatir, pero que personas en la flor de la vida falleciesen de esa manera, no le encontraba sentido.

—¿Estás aquí? —dijo una voz desde el borde del foso—. Creí que estarías en casa, no trabajando.

El enterrador clavó la pala en la tierra húmeda y sacó un pañuelo de uno de sus bolsillos, con el que se limpió el rostro.

—No puedo estar allí, se me hace muy cuesta arriba. Al menos aquí no me obligo a recordar.

Cogió de nuevo la pala y siguió cavando. Tenía rabia contenida y la transmitía a través de la herramienta a la tierra que perforaba sin parar.

—¿Cómo te encuentras?

Con la pala llena de tierra se giró y alzó la vista hacia el borde del foso.

—¿Y tú me lo preguntas? —dijo furioso—. ¿Cómo debería de encontrarme? ¿Tú ves normal que una mujer joven y dos niños mueran de la noche a la mañana?

—Es algo que sucede todos los días. Unos lo llaman destino, otros, voluntad de Dios. Pero toda vida lleva a una muerte. Tú mejor que nadie deberías saberlo.

—¿Destino? ¿Dios?, ¿en serio? —Estalló el enterrador lanzando la pala contra una de las paredes—. ¿Qué Dios hace morir a tres personas que no han causado mal ninguno? ¡A dos niños que no habían aprendido siquiera a hablar! ¿Eso es un Dios misericordioso? ¿O un destino justo? ¡Y luego el mundo lleno de hijos de puta causando mal y daño por donde van y muriendo de viejos!

—Entiendo que estés furioso, es una fase del duelo al fin y al cabo, pero deberías relajarte. Tu familia ya no está y es algo duro, lo sé. Pero has de tomártelo con calma. Además, si vas a acabar tu trabajo, deberías de hacerlo ya, te queda poco tiempo.

El enterrador alzó la vista y la fijó en su interlocutor. A pesar de su túnica negra y su rostro oculto por una oscuridad impenetrable, lo conocía desde hacía muchísimo tiempo. Siempre lo había visto desempeñar su tarea, en cualquier lugar, hasta llegar a acostumbrarse a su presencia. Quizás por eso eligió ese oficio. La muerte no le había asustado nunca, entendía que formaba parte de la vida y que era algo más, pero perder a su familia lo había destrozado.

Salió de la fosa y comenzó a sacudirse la tierra que cubría su ropa mientras aquel ser sacaba una afilada guadaña de debajo de su túnica.

—La verdad, no me lo esperaba, pero estoy listo —dijo el enterrador, feliz—. Otro acabará la tumba, llévame ya con ellos.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Midyakri @Midyakri 5 years ago

    Hola Roberto! Me ha gustado tu relato y sobre todo el inesperado final feliz :) Me desconcierta un poco el diálogo, sabe con quien habla ¿la muerte no conoce la respuesta a lo que le pregunta? ¿Si conoces a la muerte como a un ente real no deberías creer en otros entes como Dios? ¿Cree y no cree en la vida tras la muerte? mmm... me lo voy a releer porque algo se me escapa. En cualquier caso, buen relato, mejor final ;)

  • Hola @Midyakri Muchísimas gracias por leerlo. No le busques mucho sentido a los diálogos porque la idea de poner a la parca como su interlocutor se me ocurrió casi acabando el texto XD. Te puedo decir que sí es creyente, pero dado el palo que ha recibido, se cuestiona que el Dios en el que él cree sea alguien benevolente. Lo mismo ocurre con el destino, no entiende que unos niños puedan morir porque esten destinados a ello. Al fin y al cabo son niños. La vida trás la muerte es algo "raro". Los más escépticos no creemos en ella pero, cuando perdemos a alguien, tenemos la fe de que volveremos a reunirnos con él. Eso mismo le ocurre al protagonista. Y perdón por el tocho XD.


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