—Esto sí que no me lo esperaba —dijo sombrío Samuel, mejor amigo de David y compañero de oficio de este.

—¿El qué? —resolló David mientras subía la loma en la que lo aguardaba su compañero, de espaldas a él, con el candil levantado en una mano y con la mirada clavada en el suelo.

Por única respuesta su amigo se volvió despacio hacia él con gesto apagado.

Al llegar a la posición de Samuel pudo ver la tierra amontonada a un lado de la tumba de Elizabeth, su amada.

Con un nudo en la garganta, tratando de ahogar un lamento que crecía desde lo más hondo de su ser, se hincó de rodillas frente a la lápida y, abrazándose al frío mármol, no pudo contener más el llanto.

—Mi Elizabeth no... —balbuceó entre sollozos—. ¡Ya sí que te he perdido para siempre! —gritó mirando al cielo estrellado.

Samuel se acercó a él y lo abrazó con fuerza. Desde la muerte de su esposa aún no había derramado ni una sola lágrima.

Últimamente se habían producido algunos robos de cadáveres.

Los dos sepulturero se habían citado de madrugada en su lugar de trabajo, para desenterrarla en secreto y llevarla a la cripta del camposanto para oficiar una ceremonia de resurrección que habían encontrado en un libro de hechizos. Samuel no estaba para nada de acuerdo con la descabellada idea de su amigo, pero decidió ayudarlo con la esperanza de que finalmente, al ver por sí mismo lo inútil de su intento,, terminara aceptando su pérdida.

Ahora David, perdida toda esperanza de recuperarla, lloraba amargamente la muerte de su amada y maldecía a su Dios por haber permitido que ocurriera tal desgracia.

A los pies de la loma las huellas de un carromato se perdían en el bosque que había detrás del cementerio.

A varios kilómetros de allí, el doctor Frankenstein elevaba en esos momentos el cuerpo de Elizabeth hacia el cielo enfurecido con la esperanza de darle una pareja a su creación y hacerlo así más humano.

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