La lluvia golpeaba la tierra con millones de alfileres helados y diminutos, trasformando el cementerio en un cenagal incompatible con el equilibrio. Ebenezer, ajeno a las inclemencias del tiempo, continuaba ampliando la oscura boca de tierra con enérgicas paladas. Pronto sentiría sobre la punta de su herramienta la tapa de madera noble del ataúd de su esposa.

Había dedicado treinta años de su vida al oficio de enterrador, tan necesario como menospreciado, y jamás había faltado a sus obligaciones. Hasta que, hacía unas semanas, un insoportable dolor en el costado derecho lo postró de rodillas en la misma tierra que tantas veces había horadado. La angina de pecho le hizo guardar reposo en el St. Jame´s Hospital durante nueve largos días, caracterizados por una lenta sucesión de escenas en las que extraños con batas blancas y verdes manipulaban su cuerpo con insolente familiaridad. El mismo día que recibió el alta conoció la espantosa noticia de que su esposa Margaret había fallecido. No fue informado de las circunstancias que rodearon su muerte y eso, unido a que el entierro se celebró antes de que él saliera del hospital, lo convenció de que la policía ocultaba algo. Quizás habían hecho mal su trabajo. Quizás, incluso, no era su mujer quien había fallecido.

Mientras el sudor se mezclaba con las gotas de lluvia que surcaban su ajado rostro, comenzó a notar una familiar opresión en el pecho que le dificultó la respiración pero que no consiguió hacerle disminuir el ritmo. La verdad se encontraba sepultada bajo escasos centímetros de tierra mojada. Finalmente, su pala chocó con la madera lacada y, con gran agitación, terminó el trabajo de limpiar el ataúd con las manos. El temporal no daba tregua y Ebenecer sentía que se le nublaba la vista. Logró, con mucho esfuerzo, liberar los pestillos y abrió sin ceremonias el féretro de su esposa. Y lo que vio lo dejó atónito.

Margaret llevaba un fino y sencillo vestido gris con encajes y su rostro era dulce y sereno. Sin embargo, su cuello presentaba una huella irregular, profunda y morada que rodeaba su delgado cuello. Ebenecer reconoció al instante las atroces marcas de una soga.

—Maggie, no… no me lo esperaba… ¿Por qué lo hiciste? ¿por…?

El enterrador no pudo terminar la frase. Su maltrecho corazón se detuvo en mitad de un latido.

Y Ebenecer cayó inerte sobre el ataúd de la mujer a la que tanto amó.

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