Balanceo mis piernas desde lo alto de la palmera que sustenta el techo de San Baudelio. El templo ha sido mi hogar desde que cumplí cien años, pero el rinconcito entre las ramas de piedra de la columna central es mi refugio.

—¿Otra vez suspendido en el vacío, Timor? Algún día vas a resbalar.

—¿Otra vez siendo positiva, Zafir?

—Mira lo que he encontrado hoy.

Una flor ocupa toda la palma de su mano. Tiene unos colores azulados y el tallo se encorva, dándole aspecto de campana, como la que suena los domingos.

—Mira, tócala, tiene un tacto…

Zafir agarra mi muñeca.

—¡Te he dicho mil veces que no me toques, Zafir!

—Lo siento, Timor… A veces se me olvida.

A mí no. Nunca he olvidado la enorme mano de la niña que me agarró de la cintura después de mi fiesta de cumpleaños y me subió hasta que me miró a los ojos y me llevó con ella.

«¡Qué brillo tienes! Pareces una estrellita caída en el césped». Su voz me martillea los recuerdos todas las mañanas que despierto lejos de mi familia.

—Venga, Timor, perdóname… ¿No recuerdas lo que te dije cuando te encontré?

—Perfectamente: «Tú debes de ser Timor, no hay muchos de nosotros aquí. Me envía tu madre. Una profecía le ha indicado que para volver debes encontrar algo tan suave que haga a tu corazón crecer» —repito imitando su timbre.

—A lo mejor es esto. Tócala.

Mi corazón se mantiene tan encogido como permanezco yo muchas noches en este hueco de piedra que, según lo que he escuchado al guía de las visitas, sirvió para cobijar los sagrados vasos de la liturgia contra las invasiones musulmanas. Pero no pudo proteger los frescos que robaron. Los restos de pintura que quedan me hacen recordar mi hogar. Allí yo también estoy más difuminado cada día que pasa.

—Lo siento… Seguiremos buscando, ¿vale?

—No, Zafir. Déjalo ya. Nunca sabremos cómo llegó esa humana a nuestro mundo. Y nunca averiguaremos cómo volver.

—Pero, Timor, no puede ser tan difícil. Nuestro mundo siempre está abierto. No tiene puertas.

—Muy graciosa. Casi tanto como la profecía…

Zafir se sienta a mi lado y me mira a los ojos. Creo ver en ellos el verde de mi mundo, con tantos tonos, tan brillante… Pero es imposible, sus ojos son tan negros que me pierdo en ellos.

—¿Tú quieres volver?

—¡Pues claro que sí! Imagina lo que estarán preparando para cuando volvamos.

—No lo creo. ¿Y si nos olvidan?

—Timor, tú eres inolvidable. ¿Por qué crees que vuelve esa niña que te trajo aquí para verte? ¿Por qué crees que vuelvo yo después de salir a buscar?

Siempre he pensado que es su optimismo, su ilusión, sus ansias de aventura que la hacen salir a buscar. A buscarme… una vuelta a casa. Hago un esfuerzo para juntar nuestras manos y la beso.

Una luz verde me ciega. Huele a casa.

El amor en los ojos de Zafir me devuelve a mi hogar.

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