Las paredes de piedra hacían que la temperatura fuera demasiado fresca para su gusto. Tina se envolvió en el chal y recibió una mirada de reojo por parte de Alain, que siempre se metía con ella por ser tan friolera. Le encantaría poder contarle que no era culpa suya, pero eso estaba fuera de cuestión. "Quizá algún día", se dijo, como siempre.

Si no se tratara de su hermana, su hermana pequeña por la que haría cualquier cosa, no habría venido. Odiaba las aglomeraciones de gente y, por encima de todo, que la tocaran de improviso. Así que nada peor que una boda multitudinaria para poner a prueba sus nervios. Ahora tocaba salir de la iglesia y el consabido saludo a todos los familiares y amigos. Aunque estar al tanto de lo que iba a suceder le ayudaba a contrarrestar el pánico, no lo eliminaba del todo.

Tina se quedó en su sitio para salir cuando no hubiera tanta gente. Todo el mundo consideraba que su problema se debía a la timidez y ella dejaba que lo pensaran, porque la realidad era demasiado estrambótica para que la creyeran. Si fuera al revés, tampoco creería a alguien que le contara que le había secuestrado una nave espacial cuando era adolescente y le había transportado a otro planeta. Solo que en su caso, le había ocurrido de verdad. Nunca podría olvidar el miedo y la sorpresa al despertar en un lugar desconocido, inmóvil sobre una superficie metálica. El frío se le metía hasta los huesos mientras veía a sus captores y notaba sus manos, o lo que suponía que eran sus manos, recorriendo su cuerpo, sin poder moverse, ni siquiera gritar. Eran seres etéreos, similares a pedazos de nubes con forma semihumana. No sabía qué hacían, tan solo podía girar la cabeza y ver lo que solo podía ser otro planeta, porque no se parecía a ningún paisaje de de la Tierra. Girones de humo de colores, algunos conocidos y otros a los que ni siquiera podía poner nombre, se retorcían para formar colinas, casas, árboles..., aunque ni siquiera estaba segura de lo que eran. Era hermoso e inquietante a la vez. No sabía cuánto tiempo transcurrió hasta que cayó de nuevo en la inconsciencia. Cuando despertó, estaba en su habitación. Había recuperado por completo la movilidad y se encontraba perfectamente.

Nunca se lo había contado a nadie, y habría pensado que solo había sido un sueño si no fuera por los símbolos extraños que habían aparecido en su piel: volutas de humo multicolores que rodeaban su muñeca y, en la palma de la mano, lo que parecía una estrellita plateada.

Sintió un escalofrío al acariciarse la mano de forma inconsciente y volvió a arrebujarse en el chal. La iglesia estaba ya casi vacía y Alain la miraba expectante. Tomó aire, le sonrió y se dirigieron a la salida.

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