—Si no te importa, hijo mío, voy a cerrar los portones. Es tarde. Luego podrás salir por la puerta de la sacristía.

—Gracias, padre.

Aquel hombre que aparentaba más años de los que tenía llevaba allí toda la tarde y había perdido la noción del tiempo. No era creyente, pero le gustaba la idea del consuelo que ofrecía la religión, la posibilidad de que todo pudiera mejorar en otra vida. Se giró al escuchar el ruido de los goznes. Habiendo terminado el cura su tarea enfiló el pasillo central de la iglesia hasta llegar a su altura.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó, mientras alisaba los pliegues de su sotana y quitaba unas motas blancas que, en realidad, no tenía.

—¿Puedo confesarme? —Parecía que se le hubiera ocurrido de repente, pero no era así.

—Claro, pero no en este banco. Soy un cura de la vieja escuela —dijo con una sonrisa—. Acompáñame al confesionario.

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida.

—Guardo un secreto que no he revelado a nadie.

—Estás a salvo y el Señor te escucha.

—Fui secuestrado cuando era adolescente. Después de dos años sin saber dónde había estado mis captores me soltaron cerca de casa.

—Dios Santo. ¿Quién es capaz de tal monstruosidad?

—No… fueron seres de este mundo. Tampoco fueron ángeles, ni espíritus. Es una locura, pero juro… No, perdón… que fui abducido por extraterrestres.

El sacerdote dudó. Quiso comenzar una frase para, después, detenerse antes de articular palabra. <>, dijo por fin.

—Primero fue la luz blanca, como la que usan los cazadores para deslumbrar a sus presas. Luego vi a mi madre, a sabiendas de que no era ella. Lo parecía, pero tenía los pómulos muy marcados. Había varias mujeres en la sala y todas tenían su aspecto. Por desgracia, lo recuerdo casi todo. Recuerdo otro planeta, espacios amplios que no olían a nada. Aquellos que me rodeaban hablaban en un idioma incomprensible y con unos sonidos que no sería capaz de reproducir. Adoptaban formas que me eran conocidas: mis padres, mi hermano… hasta mi perro, “Estrellita”. Después… llegaron las pruebas. Tengo cicatrices que hablan solas…

—¿Por qué me cuentas esto, hijo?

—Porque mi familia está destrozada. No quieren preguntar dónde he estado, qué he hecho ni qué significan las marcas de mi espalda. Porque nunca he hablado con nadie de esto. Porque nadie me creería. Porque es secreto de confesión y, si piensa que soy un chalado, no podrá contar esto a ningún médico o policía. Porque pueden estar entre nosotros sin que lo sepamos. Porque tengo miedo y porque no he dormido más de dos horas seguidas en años. Porque siento que no tengo futuro, que me voy a volver loco…

—Tienes razón —dijo, bajando la mirada.

—¿Me voy a volver loco? —preguntó entre sollozos.

—Ya estamos entre vosotros.

Aquel cura de pómulos marcados levantó la cabeza y clavó sus ojos color ámbar en el hombre. Se relamió con su lengua color sangre y la oscuridad bramó en un idioma incomprensible.

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