Cerró la puerta y se derrumbó sobre ella. Estaba cansada. Harta de huir, de sospechar y de desconfiar. De luchar. Al recordar su vida anterior apenas se reconocía. No quedaba nada de aquella adolescente despreocupada. Ya no había reuniones familiares ni tardes de cine con amigas. No podía confiar en nadie ni sentirse segura en ningún lugar. Sabía la verdad y eso la hacía peligrosa. Matar o morir, así vivía ahora. Contempló el familiar interior de la solitaria iglesia abandonada. El lugar idóneo para sus emboscadas. Oscura y silenciosa. Llena de rincones para ocultarse. Perfecta. Su objetivo había picado el anzuelo. Al verla pensó que sólo era una mujer indefensa y la siguió a una distancia prudencial. Sabía que él esperaba al otro lado de aquella puerta ¿En qué momento se había convertido su existencia en una sucesión de peleas a muerte? ¡Ah, sí! Cuando alguien en otro planeta la reclutó para una guerra que ni siquiera conocía. La llevaron a su mundo para revelarle lo que desearía no haber escuchado. Los humanos no estaban solos. En torno a las estrellitas insignificantes que brillaban en el cielo habitaban un sinfín de razas y algunas ansiaban someter a las demás. Sus captores dirigían un ejército que luchaba para impedirlo. Ella sería entrenada para participar en la defensa de la Tierra. Con su instructor, una figura sin rostro, como única compañía aprendió todo sobre el dolor y el miedo. Cada día se enfrentaba a él y su cuerpo y su espíritu eran torturados. Durante la noche recomponía los pedazos y soñaba con matarle o suicidarse para dejar de sufrir. Su alma se vació y cuando ya no tenía nada que perder luchó desde la ira. Y venció. Eliminarle era su prueba final, después la devolvieron a un mundo que ya no era el suyo donde se dedicaba a localizar invasores para ejecutarlos. Escondida tras un banco vio como la puerta se abría y una sombra cruzaba el umbral ¿O eran dos? Imposible, estaba segura de que sólo era uno. Tensó los músculos y apretó su cuchillo. Atacaría en el momento adecuado, mientras él recuperaba su forma original haciéndose más vulnerable. Se impulsó para dar un salto pero alguien la agarró por detrás y todo se volvió negro.

Cuando los dos médicos entraron corriendo la enfermera sujetaba una jeringa vacía mientras un celador depositaba a la mujer sobre una camilla.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó un médico.

– Ha vuelto a escaparse para esconderse en el almacén – respondió la enfermera – Intentó atacarme pero Álex me ayudó y conseguimos sedarla

Dirigiéndose al otro médico, el hombre habló nuevamente:

– ¡Maldita sea! ¿Le bajaste la medicación? Sabes que no se puede confiar en ella ¿Has olvidado cómo quedaron los cuerpos de los policías que la encontraron? ¿O cómo destrozó a aquel tipo? Era una carnicería. No sé lo que le hizo durante los años que la tuvo secuestrada, pero su mente se perdió allí para siempre. No correré más riesgos ¡Lleváosla!

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