Nathaniel estaba a oscuras. Siempre, sin importar el momento del año en el que se encontrasen. En verano, sabía que Príamo se encontraba en su cénit porque los rayos cárdenos de la estrella atravesaban el filtro ultravioleta de los rosetones y las vidrieras del templo y llegaban a caldearle el cuerpo. Del invierno era mejor no hablar. Sólo era llevadera la noche, cuando la luna de Héctor12 —la ardiente Andrómaca de núcleo radiante— les hacía entrar en calor.

Únicamente había visto a Príamo con sus propios ojos una vez en su vida, cuando le trajeron a Héctor12 desde su planeta natal. Tendría apenas unos diecisiete años terrestres en el momento en el que fue abducido en plena calle urbanita durante un toque de queda. No sabía si tenía familia (no la recordaba), pero de ser así Nathaniel esperaba que al menos hubieran encontrado paz tras su marcha.

La verdad era que de su antigua vida no recordaba gran cosa. Incluso se le difuminaban las imágenes de la memoria, la última de la que tenía constancia desterraba del recuerdo a todas las demás: Príamo. Imponente, detrás del cristal de la nave. Fiero, explosivo, y tan… lila. Al ver la estrellita, rodeada de la calma del vacío, sintió una enorme paz. Cerró los ojos, y los volvió a abrir. Nada.

Cuando llegó a su destino, sus captores le explicaron mil teorías científicas avanzadas: que si a su edad sus glóbulos oculares ya estaban maduros y no se adaptaron, que si la radiación de la estrella había dejado inservibles sus ojos terrestres… pero él no las creyó. Los demás niños que le habían acompañado veían perfectamente con ayuda de unas lentes especiales, pero él se había quedado ciego. Sólo él. El único que había mirado a Príamo de frente. Tan magnífico, tan colosal… El gigante morado había reclamado un tributo para llegar hasta su querido Héctor, y él había tenido que pagar con su vista. Ésa era la causa, no otra.

No había vuelto a ver nada desde entonces, y ni falta que le hacía. Nathaniel se pasaba los días en el templo de Casandra, a salvo de todo y de todos. No le gustaba salir porque los demás terrestres no entendían su ceguera y los nativos no concebían un terrestre inservible, por lo que su querida Sybil —la indígena que lo adoptó y cuidó— le autorizaba a quedarse en su templo. Era cierto que le animaba a abandonarlo de vez en cuando, pero no se entrometía demasiado y tampoco le obligaba. Había tenido mucha suerte con Sybil… Le había permitido incluso conservar su nombre, a pesar de haber tenido problemas por ello.

—Nathaniel fue uno de los doce apóstoles bíblicos —contestó cuando le preguntó al respecto—. Nosotros conocimos por primera vez una Tierra politeísta, hace ya muchos años. Y nos fascinó tanto la cultura que vosotros llamabais griega, que la asimilamos casi completamente. Entenderás que no nos haga gracia…

—Sybil, ¿me cuentas la historia de…?

—¿Príamo?

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