—Oremos —dijo el sacerdote.

Toda la congregación se puso de pie, solemne, mientras monseñor partía la Santa Hostia y se la comía. Después agarró la copa de vino peleón que le estaba tendiendo el monaguillo y engulló su contenido con cara de estar, simplemente, cumpliendo con su deber.

«Ha llegado el momento», pensó Marcos.

Repasó mentalmente las directrices recibidas durante la abducción:

—Lo primero que vas a hacer es convertirte al Islam; de puertas para dentro. Nadie debe saberlo excepto tú y yo —dijo el extraño ser violeta—. Harás de Allah tu estrellita guía, y te acordarás de él cada vez que te entren las dudas. El Islam más radical será tu obsesión, pero no te relacionarás con otros musulmanes. Tampoco usarás internet para consumir propaganda islamista.

»Lo segundo, seguirás con tu vida y dejarás que pasen los años. Cuando llegué el momento oportuno, yo me pondré en contacto contigo y te daré la tercera y última directriz. Allah te dará la fuerza necesaria para que puedas cumplirla.

»Ahora te llevaré de nuevo a la Tierra y esta conversación se volverá tan difusa en tu mente que la considerarás poco más que un desagradable sueño. Aún así, recordarás las directrices y las llevarás a cabo.

Habían pasado ocho años desde que Marcos fuese abducido y su voluntad anulada cuando llegó, por fin, la última directriz.

—Vas a fabricar un explosivo casero, lo introducirás en la iglesia más cercana durante el próximo oficio y lo detonarás cuando queden pocos minutos para que termine la ceremonia. Antes de activar el detonador gritarás: ¡Allah es grande! —Hizo una breve pausa—. Después, bum. ¿Lo has entendido?

Lo había entendido perfectamente, y así se lo hizo saber al ser violeta. Observó como éste regresaba satisfecho a su pequeña nave espacial y despegaba rumbo al infinito. Después se dispuso a hacer todos los preparativos.

El sacerdote se limpió la boca con un pañuelo blanco inmaculado y se lo dio al monaguillo. Casi todos los asistentes tomaron asiento de nuevo y se hizo el silencio en la iglesia. Marcos se mantuvo de pie. Comenzó a rezarle a Allah en voz baja, un murmullo casi imperceptible. Con los ojos cerrados sacó de su bolsillo derecho el cable rojo con el botón detonador y recitó los últimos versos del rezo.

—¡ALLAH ES GRANDE! —Y apretó el botón.

No pasó nada. Desconcertado, bajó la mirada hacia el botón y lo pulsó varias veces más. Siguió sin pasar nada. Los fieles comenzaron a entender lo que estaba pasando y reaccionaron echándose encima de Marcos. Alguien le dio un puñetazo en la cara y cayó de bruces, golpeándose el pecho contra el suelo. También el explosivo que llevaba atado a la barriga impactó contra el frío mármol, corrigiendo el problema de conexión que había entre el detonador y el iniciador.

BUM.

En algún punto del Universo, un grupo de seres festejó la masacre. «Putos humanos —dijeron entre risas—, están muy locos».

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