Un escalofrío la recorrió de arriba a abajo al traspasar las puertas del templo. Y no fue por el murmullo que resonó en la vieja nave de paredes encaladas, ni por el crujido de los bancos cuyos ocupantes se mecieron, inquietos, al verla aparecer. Era consciente de las miradas de los demás, pero estaba acostumbrada a ellas. No, aquella vez había algo diferente; algo peligroso. Se detuvo, buscando a su alrededor el origen de su malestar mientras se rascaba nerviosamente la estrellita que llevaba tatuada en la muñeca; la misma que había servido para reconocerla años después de su desaparición, cuando la encontraron vagando por el bosque en estado de shock; el único vestigio de la joven alegre y despreocupada que había sido antes de… Sus ojos se detuvieron de pronto en la primera fila, justo frente al púlpito, donde un hombre enjuto de cabellos grisáceos se encontraba enfrascado en la lectura del misal. No lo había visto nunca, pero había algo en él que le resultaba desagradablemente familiar. Consideró la posibilidad de dar la vuelta y marcharse por donde había venido; sin embargo, lo que hizo fue avanzar por el estrecho pasillo lateral y tomar asiento justo detrás de él. De pronto, se dio cuenta: el olor. Un aroma extraño y penetrante que cualquiera, excepto ella, habría confundido con un exótico perfume. Nunca podría olvidar aquel olor.

Poco a poco fue tomando conciencia de lo que ocurría. «Están aquí. Han vuelto». Notó cómo el pánico se apoderaba de ella. ¿Qué hacían allí? ¿Habrían vuelto a por ella, o quizá buscaban nuevas víctimas? Aterrada, volvió la mirada hacia los feligreses, sus vecinos y sus antiguos amigos. Nadie sospechaba nada, pero estaban en peligro. ¿Cómo podía avisarles? La última vez la habían tomado por loca. Tampoco podía marcharse y dejarlos allí, a merced de aquel ser. Instintivamente, supo lo que tenía que hacer; pero, ¿tendría fuerzas para hacerlo? Lentamente deslizó la mano en el interior de uno de sus bolsillos y cerró los dedos con fuerza alrededor de la pequeña navaja que siempre llevaba consigo. En aquel momento, el sacerdote salió para dar comienzo a la ceremonia y todos se pusieron en pie. Era ahora o nunca. La joven se levantó y, sacando fuerzas del miedo y de la ira que llevaba conteniendo durante años, clavó el arma en el cuello del forastero. La gente empezó a gritar, horrorizada; varias manos la sujetaron y la apartaron a rastras de su víctima. Entonces se hizo el silencio. De la herida de aquel hombre brotaba un manantial de sangre verde. Se desplomó sobre el banco, entre estertores, mientras su cuerpo empezaba a cambiar. Su piel se desprendió, sus ojos desaparecieron y unos largos tentáculos surgieron de su boca desparramándose, inertes, por el suelo. No tardó en producirse una estampida y ella se quedó allí de pie, sola, junto al cadáver alienígena.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Acabo de llegar a esta web y cotilléandola un poco me he encontrado con tu relato. Me ha tenido totalmente absorta, deseando que fuera un extracto de una novela que pudiera leer. Muy buen trabajo :)

  • María @merodeador92 4 years ago

    ¡Muchas gracias! Me alegra que te haya gustado :)


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