Su silueta cobró forma mientras el escudo de invisibilidad se desvanecía. El efecto del brazalete había durado apenas unos minutos, los suficientes para ocultarla mientras escapaba de sus perseguidores y buscaba refugio en el templo de Yuta.

Sus escoltas habían caído y el intercomunicador con la nave no funcionaba, solo podía esconderse y esperar a que fueran a buscarla.

El templo era el escondite perfecto, pues los guardias no podían entrar armados al recinto sacro. Aprovechó su silencio y soledad —pues no era día de culto— para concentrarse en su tarea. Sacó el orbe que contenía el mensaje cifrado, dispuesta a resolverlo.

Kristik tenía una habilidad innata para memorizar símbolos, números, lenguas, dialectos —actuales o arcaicos—; ninguna forma de lenguaje se le resistía. Pero su destreza iba más allá del mero recuerdo, también sabía manipularlos y descifrar el código más enrevesado. Había sido precisamente eso lo que la había convertido en el objetivo de Yerg cuando apenas iniciaba la adolescencia, arrancándola de Nëa, su planeta natal, para servir en su banda de contrabandistas espaciales, cuya especialidad era el tráfico de información.

Todavía recordaba aquella noche maldita. Unos tentáculos verdosos la habían inmovilizado mientras sus perversos ojos ambarinos la hacían enmudecer. Yerg y sus secuaces eran krakenianos, una poderosa raza híbrida entre seres humanoides y bestias marinas, procedentes del recóndito planeta Krakk.

La garganta se le secó al recordarlo. Se acercó a la pila para beber un poco. El agua bendita le devolvió su reflejo. Sus ojos habían perdido la inocencia y la vitalidad de su juventud. Poco quedaba ya de aquella chica que devoraba libros por puro placer, pues ahora lo hacía por supervivencia; de aquella muchacha alegre que ya apenas sonreía. Aquella vida de pillaje y delincuencia le había enseñado a pensar solo en sí misma, a no confiar en nadie, a cerrar su corazón por entero. En él solo albergaba los rostros de sus seres queridos de Nëa, que ya comenzaban a desdibujarse. Una estrellita plateada colgaba alrededor de su cuello, un regalo de su hermano Marcus. La apretó fuerte, como si así pudiera sentirle, como si así no pudiera olvidarle.

El agua refrescó su rostro y despejó su mente castigada. De nada servía anclarse en un pasado que nunca volvería. Retomó su labor de descifrar el mensaje o Yerg la castigaría. Una hora más tarde, un nudo estranguló su garganta.

«Yerg y sus seguidores han sido capturados y serán juzgados por sus crímenes. Tras años de búsqueda hemos encontrado su escondite e inutilizado sus influencias».

¿El orbe cifrado había sido una trampa?

«Pero a ti, Kristik, prisionera obligada a obedecer sus órdenes, se te concede un indulto».

Su corazón golpeó su pecho con violencia.

«Una nave aguarda en las siguientes coordenadas. Sé que solo tú podrás descifrarlas. Te he buscado durante tanto tiempo… Ardo en deseos de abrazarte. Fdo. Marcus, Capitán del Quinto Escuadrón Estelar».

El nombre de su hermano llenó sus ojos de lágrimas.

Al fin era libre.

Al fin podía regresar a casa.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Coral Mané @coralmane 5 years ago

    Wow, muy bueno. Me ha gustado mucho, es muy original. Y esta perfectamente escrito (como siempre, vamos) ¡Enhorabuena!


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