El repicar de las campanas marca las siete de la tarde y entro en la Catedral. Me quito las gafas de sol y agradezco la penumbra del lugar, aunque no el frío. Si aún tuviera un ápice de bello en mi cuerpo lo tendría erizado.

—Perdone, joven —dice una voz junto a mí. Acto seguido un dolor agudo se extiende desde mi muñeca hasta las puntas de mis pies. Reprimo una mueca de dolor y con la respiración agitada me giro para encontrarme a una mujer mayor de mirada desaprobadora—. En las iglesias es de buena educación quitarse la gorra.

Se aparta de mí y suspiro aliviado.

—Claro, perdón —Obedezco. No quiero hacerlo pero tampoco quiero montar una escena. De reojo veo su cara de sorpresa y acelero el paso .

En el quinceavo banco de la derecha hay una mujer concentrada en la cámara de fotos que tiene entre las manos. Lleva ropa de calle y el cabello recogido con un pasador negro con una estrellita dorada en el centro. Junto a ella descansa una mochila con una chapa en la que distingo un OVNI y la frase "Los aliens existen". Río por la nariz y me acerco. Es la señal.

Se percata de mi presencia y sonríe al verme:

—Buenas tardes.

—Buenas tardes —respondo.

—Soy Laura, la sustituta del agente Rodríguez.

—¿Qué tal está Carlos? —La chica parece sorprendida por la pregunta, quizá le parezca una falta de profesionalidad, pero es con el agente que más años he estado en contacto y con quien mejor me he llevado, siento curiosidad.

—Está bien —responde al fin—. Agradecido de no estar metido en el marrón que se avecina.

—¿Qué ocurre? —Siento que el corazón se me acelera.

Al principio, mis encuentros con La Agencia eran algo engorroso que me recordaba mi abducción, mis años perdidos vagando por el cosmos, cuando lo único que quería era esconderme de la prensa y los fanáticos, olvidarlo todo. Pero con el tiempo el secretismo y los encuentros clandestinos en lugares sombríos se volvieron una rutina bienvenida, un tipo de sesión terapéutica que me ayudó a aceptar lo sucedido y a adaptarme, dentro de lo posible, a la vida normal. ¿Podía ser que ya no me consideraran un peligro? ¿Era este nuestro último encuentro?

—Han contactado con nosotros —dice finalmente Laura—. Quieren que vuelvas con ellos.

Siento que me ahogo, hace años que deseché la idea de que volvieran a por mi.

—¿Estás bien? —susurra Laura, asustada. Mira a nuestro alrededor pero nadie nos presta atención.

—Sí, claro que sí —digo—. Estoy bien y acepto. Me voy con ellos.

—¿Estás seguro? Aun no sabemos qué quieren de ti ni por qué han tardado tanto en reclamarte o…

—No me importa, ¿dónde tengo que firmar? —río feliz.

Llevo ciento veinte años queriendo volver, echando de menos la nada, el flotar en la oscuridad y el universo, sin necesidades ni deseos. Quiero volver a ser y no sentir. Y si no, quiero morir.

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