Aunque John leía en una voz apenas audible, el eco que retumbaba en la iglesia llamó la atención del sacerdote. Cuando entró en el altar, lo reconoció de inmediato.

—John...

—Sí, padre, aquí estoy. Ha pasado mucho tiempo y sé que tiene muchas preguntas, pero no hay tiempo. Mañana se vence el plazo —dijo sin apartar su mirada de la Biblia.

—¿Cuál plazo? ¿De qué hablas? —dijo el sacerdote mientras se acercaba.

—Apocalipsis, capítulo once, versículo tres: “Y te daré a mis dos testigos, y ellos profetizarán por mil doscientos sesenta días, vestidos de cilicio”. Padre, Susan y yo somos los dos testigos.

El sacerdote agachó el rostro.

—Usted nunca me creyó la historia del rapto y tenía sus razones: yo era un adolescente y en los 90’s había miles de historias como la mía, pero esta vez traje algo para usted.

John sacó de su bolsillo una delgada lámina de metal. Era muy oscura y tenía el tamaño de la palma de su mano.

—Esto fue lo que me entregaron en aquel planeta. Susan y yo guardamos el secreto hasta que hace unos años apareció la inscripción del versículo que le acabo de leer. Nos dimos cuenta de que el plazo coincide con el día de mañana, cuando estaremos más cerca que nunca del cometa Halley. Es “nuestra estrellita”, como le dicen los niños.

El sacerdote tomó la placa entre sus manos. Desde el centro se encendió un círculo de luz que envolvió toda la iglesia y entonces lo vio todo: Adán y Eva, la criatura con el soplo de vida, las tempestades y plagas. Vio a Cristo en su agonía, el sepulcro, las criaturas y la resurrección, San Juan en su recinto, ejércitos devorando otros ejércitos, la muerte y la vida de nuevo, la sucesión de templos, dos adolescentes en un planeta lejano. Se vio a sí mismo envuelto en esta visión. Luego, la luz desapareció.

—No, no es cierto, es un truco, magia, es imposible...

—Lo siento, padre, el dios que usted me enseñó no existe. Lo creí durante mucho tiempo y quería ser como usted, era la fe lo que me impulsaba, hasta ese día. Aquellas criaturas, el silencio de ese planeta, la verdad...

—¡Blasfemias!

—Lo acaba de ver con sus propios ojos. El tiempo se acaba y solo los elegidos podrán acceder a la vida eterna. Usted sabe que solo hay un camino... la muerte. Susan y yo lo hemos preparado todo, no habrá dolor, ni angustia. Somos miles los que daremos ese paso de fe, el único y verdadero. En este sobre están los datos del lugar y la hora.

El sacerdote le arrancó el sobre de las manos y lo destrozó mientras gritaba desesperado. John lo miró un instante y abandonó el templo. Arrodillado frente al sobre, el sacerdote miró al Cristo del altar y lloró amargamente por varias horas. Luego empezó a juntar uno a uno los pedazos de papel y se quitó el alzacuellos.

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