La figura se desplazaba entre los inmensos pilares que sustentaban el edificio. Allá donde dirigía su mirada solo veía una maraña ordenada de piedras que se perdían en la lejanía y en las alturas. Ochenta pasos contaba entre los basamentos, otros ocho al recorrer uno de sus laterales. Aquellas interminables filas de columnas no hacían otra cosa que empequeñecer a un hombre que, abrumado por la construcción, proseguía temeroso su camino a través de la oscuridad tratando de atisbar el techo de la estructura: a pesar de esforzar su mirada no conseguía ver qué función tenían, qué soportaban o para qué se habían dispuesto así aquellas enormes piedras.
Rozó con los dedos una de ellas intentado averiguar el material que las componían: parecían pétreas, lisas, sin marcas ni hendiduras, negras como el alabastro y sin brillo, pero desprendían cierta calidez que lo reconfortaba. Tampoco emitían reflejos y, al tacto, resultaban suaves, respondiendo a la presión son una ligera vibración que producía un ligero cosquilleo. Se detuvo.
—Humano, sigue tu camino —Le sorprendió de nuevo la voz.
David no contestó, no le prestó importancia y continuó con su paseo: era la tercera vez que escuchaba la misma advertencia y prosiguió tratando de alcanzar una luz que desde hacía media hora había observado en la distancia.

A la derecha desaparecieron las columnas y divisó una enorme y oscura cúpula en la que apreciaba pequeños destellos que, como estrellitas de un firmamento, iluminaban sutilmente aquella zona.
Escuchó murmullos, voces, de personas que se agrupaban en el centro de aquel claro dentro del bosque de columnas. Una joven se acercó a él.
—¿David? —preguntó—. Mi nombre es Ylarim, soy tu enlace.
—¿Dónde estamos? —David la miró confuso, extrañado por la singular vestimenta de aquella mujer.
—No es relevante, por ahora. —Hizo un ligero gesto con la boca y ladeo la cabeza—. Dime, David ¿por qué estás aquí?
—Esa pregunta creo que me corresponde —contestó asombrado por la cuestión.
—Primero responderé a tu pregunta. —Dio un paso—. Caminemos.
David la siguió y juntos se dirigieron al centro de la estancia donde sortearon a otros grupos de humanos.
—Este el el gran templo de _Ga’or_, ya en desuso, obviamente, desde hace más de cinco mil años terrestres. —Se detuvo y lo miró a los ojos—. ¿Por qué estas aquí?, ¿qué has hecho es los últimos treinta años?
—Soy físico, la ciencia ha sido mi vida.
—¿Y qué has conseguido?
—Acabo de resolver la paradoja de Santisteban.
—Lo sabemos, por eso estás aquí. —Continuó caminando—. ¿Desde cuándo estudias esa paradoja?
—Yo la planteé, lleva mi apellido. —La siguió.
—También lo sabemos, y has sido el primero en resolverla. Fue la duda que te implantamos.
—Lo sabía, sabía que fue real, pero ¿por qué?
Ylarim se detuvo de nuevo y se giró.
—Hace cientos de años que el Gran Consejo prohibió la computación: no tenemos máquinas que piensen, no disponemos de inteligencias artificiales.
—Entonces, ¿cómo hacéis para progresar?
—Para eso estáis vosotros, humanos.

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