Las viejas de San Ildean siempre me miran. Cuchichean descaradas para que las oiga y me avergüence en este templo en el que se pavonean fingiendo fe.

Ellas no creen, ellas no son.

«Pobre muchacha la Sole, con lo lista que era».

«Pues no se las daba su madre con que dejaría el pueblo y haría una carrera».

«¿Y en qué se ha quedado? ¡Loquita! Ni la iglesia deja».

Cierro los ojos. ¡Cómo me gustaría abandonar este lugar! Sé que no puedo, Aquí me devolvieron años antes y aquí volverán a por mí, cuando la encuentre.

—Estrellita, no les hagas caso. —Luis se arrodilla junto a mí, manteniendo la distancia. Sabe que ya no soporto que me toquen y lo respeta.

Le sonrío y recuerdo el tacto de su piel en otra vida, un recuerdo de una Sole que reía y besaba.

«¡Mira! Es el hijo del Carmelo. No la olvida el bobo».

—Te he traído comida. Trata de no olvidarte de ella. ¿Vale? —Deja el paquete y abandona la iglesia deprisa, sin esperar respuesta, sin quedarse al oficio. Nunca lo hace. Le amo, sin embargo, le dejo ir.

Él tampoco cree.

El sacerdote y sus monaguillos pasan sin verme, el primero ya está desencantado y ora por costumbre, los que le siguen solo esperan la comunión y los regalos.

Ninguno tiene fe.

El incienso llena la sala y me transporta a otro tiempo, uno feliz.

Con diecisiete años desaparecí durante una misa. Mientras unos rezaban y otros aparentaban me deslicé hacía la parte trasera: pretendía subir al coro y escabullirme junto a Luis por la vidriera rota.

Nunca llegué, en cuanto alcancé la pila bautismal una luz me rodeó y me llevó lejos, a otro mundo. Uno celestial, lleno de colores tan brillantes que desde entonces todo me parece mate. Recuerdo el tacto… algo nuevo que fundía cada pedazo de mi ser con lo que me rodeaba. Me sentí en paz y por un tiempo dancé libre bajo sus soles, en un mundo de luz y sensación, de mentes compartidas y verdades. Pero los extraños seres con los que convivía me miraban desconsolados hablando en mi mente con imágenes. Me había adelantado, estaba incompleta y nunca daría la transición a luz, tenía que volver y encontrar la creencia, la fe que había dejado atrás. Acabar mi camino.

Sin entenderlo realmente, accedí y regresé.

Al principio, tras tres años de ausencia, conté mi historia de alienígenas y mundos mejores y me quisieron internar. Finalmente, alguien se opuso y se me permitió vivir aquí.

«Dice que vio ángeles de luz».

«No digas tonterías Mariana, todos saben que está loca. Solo el Luis la cree, pero ese está enchochado».

Abro los ojos y el color vuelve, he estado ciega buscando la creencia dónde no era, la fe en lo divino y no en nosotros, en mí.

Cree en mí.

Debo acabar el camino, así que, sin dudar, subo al coro y salto por la vidriera.

Él me espera.

Ellos nos aguardan.

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