El templo estaba destrozado, pero su estructura aún se mantenía en pie. No se podía decir lo mismo de Ariadna. Yacía bajo los escombros mientras su adversario se dirigía renqueante hacia el altar. Había sido una batalla titánica. Ambos desplegaron todo su potencial. Ella intentando detener a Zardok y salvar su mundo; él empeñado en llevar a cabo su misión de destruirlo.

Sobre el altar se hallaba el dispositivo alienígena que el invasor había traído consigo para aniquilar La Tierra.

Pero ella no había dicho la última palabra. Con gran esfuerzo, alzó una mano trémula y paralizó a Zardok. Sus energías no daban para mucho más.

—Por favor, no lo hagas —dijo quejumbrosa.

—¿Ahora suplicas, guardiana? —Su voz sonaba metálica tras la grotesca máscara azul cobalto—. Eres igual de patética que tus congéneres, pese a tener habilidades especiales.

Con un gesto de su otra mano, Ariadna hizo saltar el casco de su enemigo. Su piel estaba cuarteada y ennegrecida, pero sus rasgos no eran los de un Krull.

—¿¡Eres humano!? —Ariadna no daba crédito. ¿Cómo podía ser un hombre el verdugo de la humanidad? ¿Qué retorcida broma de Kortax era esa?

—Eso fue hace mucho tiempo —respondió él mientras se afanaba por zafarse—, ya no queda nada de vuestra vulnerable especie en mí.

Sin embargo, había algo en los ojos de Zardok que le resultaba vagamente familiar a Ariadna.

Finalmente se liberó generando una onda expansiva.

—Bien. No más interrupciones —pronunció solemne volviendo a encarar el altar.

Mientras manipulaba el artefacto empezó a canturrear mecánicamente:

—Estrellita dónde estás, me pregunto quién serás…

—¿Timy? —preguntó Ariadna con un hilo de voz.

Zardok se volvió hacia ella con el gesto torcido.

—Ese nombre ya no significa nada. Sal de mi mente y asume tu destino.

En ese momento vino a su memoria cuando a los quince años los Krull se lo llevaron a su sistema estelar. Abandonó el monasterio donde entrenaba sus cualidades especiales. Estaba resentido con los monjes por la presión a lo que lo sometían y Kortax, líder de los Krull, supo mantener su rencor e incluso alimentarlo día a día hasta conseguir que odiara a su propia especie.

—Leer la mente no es uno de mis poderes —dijo ella—. Te lloramos durante muchos años. Pensamos que habías cumplido tu amenaza de marcharte. Yo no comprendía por qué lo habías hecho. Al principio te odiaba por haberme privado de tu compañía, de tus consejos, de tu cariño, de esa nana que me cantabas todas las noches.

—¿Ari? —Su voz se quebró y las lágrimas, sepultadas entre montañas de odio, se abrieron paso anegando sus ojos—. Él me dijo que habías muerto.

Sabía que ya no podía detener la cuenta atrás y se encontraba muy alejado de ella para salvarla.

En lugar de teletransportarse de regreso a la nave Krull que aguardaba en la cara oculta de La Luna, prefirió perecer junto a su hermana pequeña y el resto de la humanidad. Odiaba su condicion humana, no obstante.

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