Después de cuatro años, John Hadley v Dahlia Dashwood volvían a encontrarse en Londres para la temporada social. Los Hadley habían servido a los Dahswood hasta que los primeros encontraron fortuna en el comercio y compraron unas tierras con título asociado. Carecían de relevancia en las altas esferas, pero tenían la posición suficiente para disfrutar de la compañía de familias bien posicionadas como los Dashwood sin recibir quejas. Sin embargo, nada los salvaba de las miradas críticas que levantaba el dinero nuevo. Un título comprado no era lo mismo que un título heredado.

Todos daban por sentado que cuando la muerte de Mr. Dashwood dejase por única heredera a Dahlia, su madre buscaría un buen partido que llevase el nombre de la casa con honor.

Cuando John regresó del internado, convertido en un joven apuesto e instruido, con un pequeño título a su nombre, todos los rumores apuntaban a que él se llevaría la mano de la heredera.

En su decimonoveno cumpleaños, Miss Dashwood recibió de Hadley una cajita envuelta en papel de regalo y algunos invitados creyeron ver al abrirla un guardapelo. Las conjeturas apostaban que en su interior habría una foto de él.

Todos conocían el encaprichamiento de John por Dahlia desde la infancia. La sorpresa fue verla prometerle todas las primeras piezas en cada baile.

Su madre no compartía el entusiasmo: los Hadley habían amasado una gran fortuna, pero nadie olvidaría hasta dentro de varias generaciones que habían trabajado para conseguirla. Su hija viviría con los ojos acusadores de la sociedad clavados en la nuca por el resto de sus días.

Con estos pensamientos en mente, no lo dudó ni un segundo cuando un caballero nuevo en la capital, con título de Lord, le fue presentado. Poco tardó en descubrir que dicho caballero había sido compañero de John en el internado durante el último año. Su rivalidad no tardó en salir a la luz y Mrs. Dashwood presenció con deleite como el Lord buscaba cualquier excusa para apartar a su hija del otro joven.

John Hadley, desesperado ante el futuro que preveía, consiguió monopolizar a Dahlia durante una velada y le confesó que cada día sin ella durante esos cuatro años casi lo había llevado a la locura. Persuasivo y determinado, la convenció de huir con él esa misma noche.

Cuando Mrs. Dashwood y el caballero se dieron cuenta, era demasiado tarde.

El pretendiente confesó su verdadera identidad y explicó la urgencia de que encontraran a la dama.

Era un inspector encubierto en busca del asesino de seis muchachas de un parecido innegable a Miss Dashwood. Fueron raptadas y luego estranguladas durante el último año en las cercanías del internado.

El rastro les llevó a una casa de jardines secos, con tétricas estatuas de ángeles como único adorno. Al entrar en la morada, no encontraron más habitantes que el cadáver de Dahlia, arropado con ternura en una cama. En la almohada, una nota: "Ninguna valía porque no eran ella. Ahora, ni ella es suficiente".

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