—¡Corten! —El director se levantó de la silla con cara de fastidio—. De verdad, guapo, no sé cómo lograste hacer ese debut tan bueno. Tendrías un golpe de suerte... ¿O es que realmente sabes actuar bien y conmigo lo haces mal a propósito?

A Julio le gustaría poder contestarle, pero no tenía ni idea de cuál era el problema. Hacía lo mismo que en su primera película y, mientras que en aquella ocasión todo habían sido sonrisas y halagos, ahora en cambio solo recibía malas caras y resoplidos.

—¿No dices nada? —se indignó el jefe del rodaje—. Está bien, pues hasta aquí hemos llegado. Estás despedido. Llamaré a Rubén Merino, aunque tenga que rodar de nuevo tus escenas.

Le dio la espalda, sin darle la opción de replicar. Julio recogió sus cosas y se marchó. Cuando llegó a su apartamento, se encontró al casero en la puerta.

—Ya era hora. ¿Cuándo piensas pagarme el alquiler?

¡Maldición! Se quedó helado. No podía contar con el sueldo de este rodaje, y no le quedaba ni un euro. Si no se hubiera gastado todo en viajes y fiestas...

—En un par de días, sin falta.

—Más te vale: o me pagas en ese plazo, o te largas.

Cuando al fin entró en el piso, llamó a Andrés, un amigo que ejercía como su representante, y le pidió que le consiguiera algo, aunque fuera publicidad.

Hasta la tarde no volvió a hablar con él:

—¿Qué le has hecho a Almenóbar? —le preguntó nada más saludarle.

—Nada, tío. ¿Por?

—Te ha puesto verde en Twitter. No sé si tendrá que ver, pero no te he conseguido ningún casting.

—Bueno, sigue intentándolo —pidió.

Malhumorado, Julio valoró sus opciones. Solo se le ocurría una forma de conseguir dinero. Cogió la caja que contenía el guion de su primera película, "El ángel de la guarda", firmado por su director. Se lo había regalado antes de fallecer y lo guardaba como un tesoro, pero sabía de una persona que le pagaría bien por él.

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Silvia le abrió la puerta, tan elegante como siempre. Sonriente, le tendió la caja, que había envuelto en papel de regalo, y ella la cogió con sorpresa.

—Un regalo para la más guapa; a cambio de la voluntad, eso sí. —Su sonrisa se esfumó al ver que la mujer permanecía seria una vez retirado el envoltorio—: ¿Qué pasa? Pensaba que estabas deseando que lo pusiera a la venta. Además del guion, también contiene el ángel de porcelana que usaba mi personaje para matar a su enemigo al final de la peli.

Silvia negó con la cabeza, mientras le devolvía la caja.

—Mi empresa acaba de quebrar —explicó—. Me temo que no puedo ampliar mi colección de objetos cinematográficos. De hecho, tendré que vender algunos de ellos.

Le ofreció una copa y, tras un buen rato compartiendo sus penas, Julio volvió desesperado a la que pronto dejaría de ser su casa, sin el dinero del alquiler ni esperanzas de conseguirlo.

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