Cassiel miró su reloj por enésima vez. Su jefe se retrasaba. Sonrió.

No importaba. Aquel era su día.

Aprovechó los minutos extra para cruzar al otro lado de la calle y recoger un encargo. Salió del taller de joyería apenas unos minutos más tarde colando un pequeño paquete de regalo en el bolsillo de su chaqueta, seguro de que era perfecto.

Su sonrisa se congeló al ver a la policía a la puerta de la tienda. Ellos le miraron, cruzaron unos susurros y dos agentes se acercaron a él con ese paso de candencia segura que sólo los agentes del bien tienen. Recordaba lo que se sentía, y se dio cuenta de que había perdido mucho.

No importaba. Aquel seguía siendo su día. Intentó sonreír, pero no pudo.

—Acompáñenos a comisaría —le decían los agentes —Tendrá que responder unas cuantas preguntas.

No se dio cuenta de que lo estaban deteniendo hasta que incautaron su teléfono.

Horas después Cassiel salía de la comisaría, libre de cargo pero cargado en el alma por lo que le habían contado. Para qué había servido la tienda. Para qué tipo de demonio había trabajado.

Tocó el bulto del regalo en su bolsillo y se sintió más tranquilo. Nada importaba. Aquel podría ser su día.

Escribió a Sara para quedar cuanto antes. Mientras esperaba su respuesta, paseó sin rumbo por las calles. Cuando quiso darse cuenta estaba a los pies de Miguel. La estatua del arcángel de la espada se erguía sobre su pedestal a la diestra de la puerta del jardín privado. Al otro lado, el pedestal de otro ángel permanecía vacío.

Escrutó el rostro de piedra, y le pareció que le sonreía.

Su móvil sonó. Él dio un pequeño respingo. Era un mensaje.

Cas, hemos acabado. No soy yo, eres tú. Eres bueno, pero no lo que quiero. Te falta pasión, ambición, grandeza. Te deseo lo mejor. S

Cassiel lanzó el móvil lo más lejos que pudo en un gesto de rabia. Se sentó en el pedestal vacío y sacó el paquete de su bolsillo. Aquel no era para nada su día.

Supo que la estatua de Miguel seguía sonriendo.

—Te parecerá gracioso, maldito bastardo —le espetó a la cara de piedra.

Una pelota de colores le pegó en el pie. A unos metros, una niña le miraba con sus ojos marrones preñados de aprensión.

Cassiel se obligó a sonreírle. Se levantó despacio y se dirigió a ella con cuidado de no espantarla. Le ofreció el paquete y ella lo cogió con las manos temblorosas.

-Quédatelo y no lo pierdas —le susurró —Está hecho de la pluma de un ángel. Te dará un toque de la Gracia el resto de sus días.

—¿Cómo lo sabes? –la voz de la niña era sorprendentemente adulta.

Cassiel sonrió una última vez, no con cariño o alegría, sino beatíficamente, y se subió al pedestal.

La niña se colocó un colgante con forma de pluma mientras veía al hombre-ángel volverse piedra.

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