Aquel día salí pronto del trabajo. La empresa iba viento en popa; había conseguido captar a un cliente muy importante y lo más probable era que mi ascenso fuese inminente. La vida me había tratado bien últimamente, pensé mientras me dirigía a una conocida joyería del centro. Estaba seguro de que mi esposa creía que había olvidado nuestro aniversario y pensaba sorprenderla con un bonito regalo y llevándola a comer a algún sitio elegante. Al llegar a casa me dirigí al salón y la encontré aún en camisón, tomando una copa de vino. Al verme dio un respingo, abrió mucho los ojos y emitió un gritito de sorpresa.

—¡Raúl! ¿Qué haces aquí tan pronto?

—Perdona cariño, no pretendía asustarte. Feliz aniversario —dije tendiéndole la cajita envuelta en papel dorado. Ella la cogió de forma inconsciente y movió la boca como si estuviese tratando de decir algo. Entonces oí una voz detrás de mí:

—¿Qué decías Celia…? Oh, mierda.

Recuerdo que me quedé paralizado, sin poder creer lo que estaba pasando. Mi esposa y mi mejor amigo, juntos...

Viéndolo en retrospectiva, me doy cuenta de que aquel debió de ser el momento más patético de mi existencia. No sólo por lo humillante de la situación, sino por su absoluta falta de originalidad. Qué vergüenza pasé. Pero no dejaría que se saliesen con la suya, no. En cuanto conseguí asimilar lo que había pasado empecé a tramar mi venganza y esta mañana los dos murieron en un accidente de tráfico. Alguien les cortó los frenos. Alguien a quien yo contraté. Ahora que todo ha terminado, sé que es cuestión de tiempo que la policía ate cabos y llegue hasta mí, pero no me importa. No me encontrarán.

Salgo a dar un último paseo. Siempre me gustó el aspecto del Retiro en esta época del año. Mis pasos me llevan hasta la fuente del Ángel Caído. Este parece un buen lugar. Me siento en el borde y contemplo la trágica figura alada. Al final siempre somos los causantes de nuestra propia destrucción, me digo amargamente al sacar la pistola del bolsillo. Echo una última mirada al cielo, a los árboles, a los alegres viandantes, y evocando una última imagen de mi antaño amada esposa, aprieto el gatillo. Siento un dolor infernal, caigo hacia atrás y el agua, teñida de rojo, inunda mis ojos mientras la muerte me arrastra al negro abismo.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar