Me sentía pleno y lleno de vida. Era un abogado de éxito casado con la hija de uno de los hombres más ricos del país, vivía en una zona exclusiva de la capital y mi única preocupación era qué reloj me pondría para asistir a la próxima reunión.

Cuando llegué a casa ya estaba muerta sobre un charco de sangre oscura y pegajosa. Fui hacía ella buscando cualquier atisbo de vida y quedé horrorizado al ver que la habían arrancado un ojo. Así me encontró la Policía. Al parecer, un vecino les había alertado de golpes y gritos. Cuando reparé en la sala resolví que debió defenderse: la mesa de cristal estaba hecha añicos y la pequeña talla del ángel había caído al suelo, separando la cabeza del resto del cuerpo.

La puerta no había sido forzada, nadie vio entrar ni salir a otra persona, mis huellas estaban por todas partes y no tenía una buena coartada. El robo quedó descartado, pese a que no se encontró su anillo de matrimonio.

—Creo que es mejor que me represente a mí mismo.

—La cárcel de está trastornando —sentenció mi abogado. Para los demás, los picapleitos somos unos cabronazos y no quiero que el jurado vea a un hijo de puta intentando librarse del trullo a cualquier precio. Quiero que vean a alguien desvalido, a una víctima. Deja que sea yo quien destroce a la acusación —sonrió con cierta malicia.

—¿Cómo voy a agradecértelo?

—Somos amigos desde la facultad, así que lo haré por los viejos tiempos. Pero cuando esto acabe querré un regalo —rió.

—Me hace gracia que digas eso. —Deslicé una caja de pequeño tamaño sobre la mesa de la sala de visitas.

—¿Qué es esto? ¿Cómo lo has conseguido estando… aquí?

—Con dinero puedes conseguir lo que sea, créeme. Es una lista de cosas que quiero que pongas en orden. Últimas voluntades, donaciones… Revísala y, si estás de acuerdo, trae de nuevo los papeles para que los firme.

—Pero...

—Piénsalo. He metido gente en la cárcel. Es cuestión de tiempo que alguien me reconozca.

Recogió la cajita envuelta para regalo y salió sin decir una palabra.

Como era previsible, la vida en prisión de un abogado estrella era un infierno en el que no faltaban palizas y abusos. Alguna vez pensé en suicidarme, pero no tuve el valor de hacerme con algún objeto que pudiera darme esa salida. Tenía la esperanza de que el juicio fuera bien, pero desde el principio quedó claro que no sería así. Nunca tuve una oportunidad.

Acudí a la sala de visitas para preparar la apelación. Creí haberme equivocado de sitio dado que la estancia estaba vacía, pero ahí estaba la caja que meses antes le había entregado a mi abogado. Comencé a abrirla mientras un calor insoportable recorría mi garganta. Estaban los papeles que le entregué, envolviendo un ojo, un anillo y una moneda lo suficientemente afilada. También había una nota: “Todo ha acabado. Hazme un regalo”.

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