—¡Feliz cumpleaños, mi amor! —Marta abraza a Pablo apenas este abre la puerta de su casa. Él le devuelve el abrazo con pasión y la besa en los labios.

—Toma —Saca un paquete envuelto en papel de regalo de una bolsa y se lo da—. ¡Venga, ábrelo!

—Ya voy, pero… ¿por qué hay ángeles y campanillas en el papel?

—No tenía de cumpleaños y he usado lo que sobró del de las navidades. ¿Qué más da? Tú ábrelo, lo importante es lo que hay dentro.

Pablo rasga el papel y descubre una caja de galletas. Frunce el ceño y mira a Marta, quien le señala con la cabeza que la abra. Así lo hace y, entre hojas de periódico arrugadas, encuentra un juego de llaves. Levanta la mirada y ve a Marta observándole con la respiración contenida. Sonríe de una manera extraña. Piensa que no cree que pueda abrir más los ojos.

—¡Son las llaves de mi piso! ¡Ven a vivir conmigo! ¿Quieres?

—¡Claro que sí! —responde Pablo y la atrae hacia sí agarrándola de la cintura.

Suena el teléfono inalámbrico, Pablo lo coge y mira la pantalla. «Perdona, es del trabajo». Sale a la terraza. A los diez minutos vuelve a entrar y se acerca a Marta. Le toma las manos y la mira a los ojos.

—Lo siento, mi vida. Tengo que irme dos años a China, si me niego perderé el trabajo. La convivencia tendrá que esperar.

—Vaya, bueno, si no hay más remedio… —Marta respira hondo y aprieta los labios. No quiere echarse a llorar y estropearle a Pablo su día. Ya hablarán de eso al día siguiente—. Voy a pedir unas pizzas. —Intenta parecer tranquila pero un ligero temblor en la voz la delata.

Hace el pedido por teléfono. Mientras tanto ve cómo Pablo coge su móvil y se queda inmóvil mirando la pantalla. Tiene la boca abierta pero no dice nada. Se ha puesto blanco.

—Pablo, ¿qué pasa? —No contesta.

Le quita el móvil y ve una foto de una ecografía. Debe de ser un feto muy pequeño por el aspecto. «Felicidades por partida doble, vas a ser papá».

—¿Qué es esto? —Lee el nombre de la persona que lo ha mandado. —¿Ana? ¿Tu amiga del pueblo? ¿Con la que quedaste en semana santa?

—Yo… lo siento, Marta. No quería hacer nada pero… ella se me insinuó, siempre me ha gustado, nunca le dije nada porque no creía que estuviera a mi alcance.

—Ah, muy bien, ¿así que estás conmigo porque no puedes aspirar a algo mejor?

—Sí. ¡No! No sé. Ana es una diosa… Yo… lo siento.

Marta no tiene claro que a esas alturas pueda conservar algo de dignidad. Aún así, coge la copia de sus llaves de casa y se marcha con la cabeza alta, sin decir adiós ni cerrar la puerta. Una vez en la calle echa a correr, desea aguantar el llanto hasta estar entre esas cuatro paredes donde seguirá viviendo sola.

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