—Cierra los ojos.
Marina obedece y extiende los brazos. Pongo encima de sus manos una caja pequeña.
—Ya puedes abrirlos.
La mira extrañada. El paquete es alargado y estrecho. Rasga el papel con cuidado y levanta la tapa. Sus ojos se inundan.
—Te has gastado demasiado, Adriana, no hacía falta.
Me acerco despacio y la callo con un beso. Coge los billetes y las entradas, tímida, y me sonríe.
***
Marina me aprieta la mano con fuerza. Lleva un moño alto muy estrambótico. Mi pelo es demasiado corto para ello, así que llevo un rayo pintado bajo el ojo izquierdo. Estamos a diez filas del escenario. Observo en silencio el interior del Palau Sant Jordi. Es enorme. Al final entre los billetes de Madrid a Barcelona y viceversa, más las dos entradas al concierto he agotado todos mis ahorros. Pero vale la pena por verla tan ilusionada.
Empieza el concierto y Marina canta todas las canciones. Cuando Lady Gaga vuelve al escenario con el vestido negro, sabemos que la siguiente es nuestra canción. La cantamos abrazadas, yo le susurro al oído. Quiero vivir toda mi vida con ella. Me arrodillo y le muestro el anillo. Asiente llorando y me besa.
Cuando acaba el espectáculo estamos sudadas y exhaustas. Salimos del foso tan pronto como la masa de gente nos deja. Avanzamos en silencio, ya nos lo hemos dicho todo.
Súbitamente, un ruido ensordecedor nos desorienta. Caen cascotes del techo. Gritos. Intento estirar de Marina, pero se desploma. Me agacho y veo la sangre borbotear de su vientre. Le pido que se quede conmigo, que no me abandone. Pido auxilio a gritos, como tantas otras fans allí. La abrazo muy fuerte. No quiero que muera. Pero lo hace.
***
Conduzco por la nacional de camino a la sierra, aún vestida de negro. Los laterales están nevados y el sol se oculta entre los árboles. Abro la guantera y saco el paquete de tabaco que esconde mi padre. Enciendo un cigarro y devuelvo la cajetilla a su sitio. Al cerrar la puertecilla veo la estampita del niño Jesús y dos ángeles agarrándolo. No comprendo cómo mis padres son así. «Ha sido un castigo divino por tu desviación». Tras varias caladas apago el cigarro encima de la cara del infante. Ahora es un borrón quemado.
Aprieto el embrague y meto quinta. Veo las cuatro flechas azules que me avisan de esa curva cerrada. Pero yo no reduzco. Presiono con más fuerza el acelerador y el coche embravece. Atravesamos el quitamiedos y choca contra un árbol. Traspaso la luna y caigo de frente sobre el frío manto. Tengo el hombro astillado y el dolor se enraíza hasta la cabeza. Un lago carmín se forma alrededor de mi cabeza. Huele a hierro, igual que Marina. La recuerdo inconsciente mientras la vida se le iba. Sé que no querría esto para mí, pero no quiero seguir sin ella. Lloro en silencio esperando que cuando me encuentren ya sea tarde.

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