Abraham estaba eufórico. Desde que su mujer y él consiguieron los permisos para tener a su hijo Gabriel, este era el segundo mejor momento de su vida. Llevaba décadas esperando esta oportunidad. Estaba todo preparado. Al día siguiente partiría hacia Alfa Centauri y sería el primer humano en pisar otro planeta habitable.
Cuando llegó a casa le explicó a Sara los pormenores de la misión. El pequeño se le abrazó a las piernas contagiado por la felicidad que mostraban sus padres, aunque en su mirada Abraham detectó un atisbo de incertidumbre.
—¿Qué ocurre, Gaby? —le dijo mientras lo aupaba.
—¿Puedo ir contigo? —preguntó con su vocecita frunciendo el ceño.
—No puede ser, cariño. El viaje está preparado para una sola persona.
—Es que no quiero que estés allí solito, tan lejos. —Con tan solo siete años ya entendía la magnitud del espacio.
—No te preocupes, no voy a estar solo del todo. Tengo un montón de robots a mi cargo que me ayudarán en todo lo que necesite.
—Pero te vamos a echar mucho de menos. —Una lágrima resbaló por su mejilla.
—Ey, vamos. No llores, campeón. Te he traído un regalo para que no me echéis tanto de menos. —Dejó a Gabriel en el suelo y le tendió un paquete de color azul con la imágen de un ángel dorado repetida en forma de patrón por todo el papel que lo envolvía.—. Toma, ábrelo.
Al retirar el papel, el niño descubrió una caja de madera y dentro de esta, un catalejo.
—Me lo han preparado los chicos del laboratorio —dijo Abraham ante la cara de desconcierto de su hijo—. Si miras por él al cielo nocturno te marcará donde se encuentra el sistema estelar en el que estaré y al darle a ese botón hará un zoom que te permitirá ver lo que estoy haciendo como si estuviese en el piso de enfrente.
Su mujer también tenía sus reservas, pero él la tranquilizó recordándole que la nanotecnología que había erradicado las enfermedades y el envejecimiento del mundo le protegería.
Al día siguiente partió. Al utilizar el portal que habían tardado setenta años en construir, en pocas horas ya estaba iniciando la maniobra de aterrizaje.
Los primeros días no notó nada, pero, al cabo, comenzó a sentir un cansancio que hacía cien años que no padecía y esto le preocupó. Los nanosensores, no obstante, no detectaron nada anormal en su organismo.
Algunos días más tarde, comenzó a sentir dolores musculares e intestinales, acompañados de frecuentes hemorragias nasales. Algo invisible lo estaba matando.
Cuando decidió marcharse ya era demasiado tarde. Lo que lo estaba atacando también había dejado la nave inutilizada. Entonces pensó en Gabriel. Sintió una presión en el pecho más intensa que los dolores físicos que padecía. Con sus últimas fuerzas comenzó a remover la tierra alrededor del campamento.
Cuando Gabriel miró por su catalejo esa misma noche, pudo ver un mensaje escrito en el terreno que circundaba la base: «Sed fuertes. Os amo».

Comentarios
  • 1 comentario
  • Iacta Est @Azalea 4 years ago

    Una lucha por la esperanza y la supervivencia que no siempre termina bien, ¡me encanta!


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