Aeera prendió la mecha del cañón y corrió veloz por la muralla mientras la luz de la luna dibujaba su silueta contra las almenas. El eco del disparo la acompañó al descender por las ruinosas escaleras para unirse a los soldados que luchaban desesperadamente intentando burlar la derrota hasta el amanecer, cuando sus oponentes se esconderían entre las sombras hasta el ocaso. Así era la Guerra Oscura. Las ciudades de los hombres intentaban recuperarse durante el día de las embestidas nocturnas de un ejército interminable, hasta que caían y sus habitantes se sumaban a las huestes sin alma. Insalom sucumbiría pronto pero, maldita sea, no sería esa noche.

Desenvainó sus espadas cuando dos adversarios aparecieron ante ella. Acertó al primero en el cuello mientras lanzaba al otro escaleras abajo de un puntapié. Avanzaba imparable lanzando golpes y tajos, sangre y sudor mezclados sobre su piel. Aeera era una Primera Hoja, descendiente de la divina Geath y portadora de su sangre sagrada, capaz de absorber y almacenar los poderes ocultos de las plantas. La mezcla de hierbas que había tomado antes de la batalla amplificaba su velocidad y sus sentidos, permitiéndole dejar un rastro de cadáveres sin sufrir apenas rasguños. Sus reservas se estaban agotando, volviéndola más vulnerable. Se escabulló hasta una taberna semiderruida para guarecerse y beber más mezcla, cruzándose por el camino con las miradas de reproche de aquellos por quienes luchaba. Estaba harta de que continuaran culpándola por ser la última de las Primeras Hojas en acudir a la guerra. Se sentían con derecho a juzgarla, pero ni siquiera comprendían a qué se enfrentaban. Los Sedientos, capaces de someter a los hombres utilizando su sangre, lideraban el ejército enemigo. Llegando antes, Aeera sólo habría encontrado la muerte, como las demás Primeras Hojas. Débil aún, apurando las últimas gotas, una botella impactó contra su cabeza dejándola inconsciente.

Despertó en una estancia desconocida, inmovilizada dentro de un artilugio que identificó inmediatamente, pues aparecía en numerosos escritos sobre los Sedientos. Con él le vaciarían toda la sangre para beberla después. Alrededor, contó diez figuras de ojos gélidos y piel mortecina ansiosas por saborear la bendición de una Primera Hoja y conseguir rejuvenecer varios siglos. Le tranquilizó comprobar que ningún Sediento se perdería el festín.

—Finalmente has llegado, Primera Hoja —dijo el más cercano—. O quizá debería llamarte Última Hoja. —Sonrió mostrando sus colmillos afilados— Nos…

—Cállate, garrapata —interrumpió Aeera—, acabemos rápido.¡Menudos vejestorios! Estáis tan arrugados que casi lamento no tener más sangre.

Su insolencia hizo que una llama glacial brillara en la mirada de los Sedientos.

—Hoy moriréis tú y tu especie. —El Sediento accionó el dispositivo.

—Lo mismo digo —susurró Aeera.

Múltiples punzones la atravesaron arrebatándole su sangre sagrada para verterla en diez copas ancestrales. Había tardado mucho en encontrar la flor incluida en la última mezcla que había tomado, cuyo poder, oculto en su sangre, envenenaría a los Sedientos. Por conseguirla había abandonado a sus hermanos en la batalla, ahora se reunirían victoriosos en la muerte.

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