Sucedió durante su turno de descanso: se despertó con el estrépito de las espadas chocando y al instante entró en estado de alerta. Miró instintivamente hacia la cuna, donde Fil la miraba con sus grandes ojos abiertos de par en par, pero sin llorar.

—Tranquila, me quedo con él. —Roland saltó de la cama igual que ella y la ayudó a terminar de ponerse la armadura. Ante la inminencia del asalto, hacía días que dormía con la cota de malla, igual que el resto de miembros de la guardia real.

Azuara corrió hacia la muralla, mientras Roland llevaba a Fil a la torre del homenaje, junto al resto de los niños. El asedio se había prolongado más de lo que pensaban, pero al fin había llegado el momento: las tropas del príncipe Randor intentaban tomar el castillo de la reina Elda.

—¡Azuara, a los cañones! —La capitana Meril la reclamó a su lado en cuanto la vio.

En principio, todo estaba de su parte: también disponían de arqueros, catapultas y calderas con aceite hirviendo. Y la reina Elda contaba con sus poderes mágicos.

El problema era que, esta vez, Randor tenía la ayuda de un mago.

—No te preocupes, Azuara. —La mencionada soberana había aparecido a su lado y, como siempre, parecía que entre sus dones se encontraba la telepatía.

—Lo sé, pero me preocupa que tengan de su parte a ese asqueroso hechicero renegado.

—No hables así de Ander. A pesar de todo sigue siendo tu hermano.

Ese era el problema; por mucho que le insultara, en el fondo seguía queriendo a ese traidor. Se obligó a seguir con lo suyo: prendió la mecha y, cuando la llama alcanzó la pólvora, la bala salió disparada en dirección al enemigo.

En ese momento, varios soldados se acercaron corriendo.

—¡Necesitamos refuerzos en la puerta!

La capitana ordenó a todos que la siguieran, excepto a ella.

—Tú cuida de la reina.

Cuando se quedaron solas, Elda hizo un movimiento con la mano y le lanzó una botella de vino que apareció de la nada, guiñándole un ojo. La cogió al vuelo, e iba a darle un trago, cuando frente a ellas apareció un remolino de humo. En un momento, Ander estaba delante suyo, con una sonrisa burlona.

—No esperaba encontraros ocupadas así, pero me habéis dado una idea.

Recitó unas palabras mágicas y, antes de que pudieran hacer nada, la soberana se deshizo en volutas de humo que se deslizaron por el cuello de la botella. Acto seguido, el mago puso un tapón y desapareció igual que había llegado, dejando tras él la botella con su increíble contenido.

Azuara se arrodilló para recogerla.

—¿Elda? ¿Puedes oírme?

No recibió respuesta. Comenzó a asimilar lo ocurrido y sintió un sudor frío. Debería reunirse con su capitana e informarla, pero decidió correr hacia la torre del homenaje y buscar a Roland y Fil. No podía contárselo a nadie: huirían y arreglaría aquel desastre ella misma, rescataría a Elda a cualquier precio.

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