Los clamores y vítores la acompañaron durante el recorrido que le llevó desde el hotel en que había sido alojada hasta el patio ceremonial donde iba a recibir el reconocimiento, y la medalla, por sus actos heroicos durante su estancia en aquel país asiático. Cada grito de aclamación se correspondía con otros muchos gritos que se agolpaban en su memoria. Pero estos eran gritos lastimeros, salidos de las vísceras de todas las víctimas de aquel conflicto. No podía olvidar ninguna de las acciones que la habían conducido a este día glorioso, aunque ello supusiese guardar en su mente para siempre la sangre vertida, las palabras injuriosas que en ocasiones no entendía pero comprendía perfectamente. Había combatido siempre con el orgullo que era inherente en un militar de su valía, había defendido siempre el derecho del pueblo oprimido contra cualquier dictador que pretendiese instaurar un régimen autoritario. Había llegado la primera a todos los puestos conflictivos, había protegido a sus compañeros con su propio cuerpo, no había desistido nunca en el combate frente a enemigos más numerosos. Y el resultado era este, huellas en todo su cuerpo, dolor para siempre y la lágrimas por quienes no podían estar junto a ella en este momento. Y piedad para aquellos que habían muerto combatiendo contra ella. Y ahora iba a recibir la medalla que pagaba tanta sangre, escucharía las salvas de honor disparadas por y para ella y le dejarían culminarla con un hecho único en esos actos. Así fue, medalla en pecho, disparó el cañón centenario y entre el humo desprendido vio el rostro de compañeros que no tuvieron su misma suerte. Más dolor. El mismo que siente ahora cuando en la comida posterior le lanzan una botella de vino para que brinde por los éxitos obtenidos. Su primer brindis mezcla lágrimas y vino en recuerdo del alcohol consumido tras cada batalla, el alcohol con que enterraban a amigos, y a enemigos también. Es la heroína perfecta, la que en su día de gloria rinde homenaje a los caídos de ambos bandos, porque nada justifica tanto grito y tanta muerte. Y le recuerdan que se ha de ser muy valeroso para sobrevivir en ese mundo teñido de miseria en cada trinchera hollada.
Y se retira sabiendo que mañana, en su nueva vida, sufrirá la realidad de un mundo en paz donde estos héroes no existen, que volverá a convivir con un marido y una hija que no le reconocen esos valores y cuyos gritos tan violentos y llenos de odio la llevaron a participar voluntariamente en esos actos guerreros, en solicitar una plaza en uno de los batallones de la muerte. Y vuelve a llorar pensando que los héroes y heroínas muchas veces fallecen en las idílicas batallas que mantienen en la vida cotidiana. Y ahí no hay ni vítores ni clamores.

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