Desde que mi madre quedó recluida entre los cojines de su cama, Espiral es mi único consuelo.

Durante la tercera sesión de quimioterapia, algo cambió dentro de mí y me cortó la posibilidad de hacer magia. Por norma general, los adolescentes no tenemos contacto con los seres que nos concedieron nuestro poder, pero Espiral sigue viniendo a la azotea conmigo todas las noches.

Llega puntual, justo cuando el microondas anuncia que mi cacao ya está caliente. Se asoma a la ventana de la cocina y desaparece hacia el tejado. Entonces, deseando encontrarme con los destellos de sus diminutas alas, corro escaleras arriba porque no quiero esperar al ascensor.

Me siento mirando la ciudad y Espiral me quita el pañuelo de la cabeza, lo extiende a mi lado y se sienta en él. A veces se encarama a mi hombro, sobre todo cuando nota que estoy triste, y me acaricia los mechones cortos. Hoy es una de esas veces.

—¿Cómo ha ido la universidad? —El roce de sus deditos chispeantes me conforta.

—Las pocas horas a las que he ido, bien.

—¿Y con Vio?

—Peor. Después de que se fuera su padre a trabajar, me ha pedido que la ayudara a coger un bol de galletas del armario. Estaba muy alto y, como en un acto reflejo, he querido usar mi poder. —Algo se atasca a medio camino entre el estómago y la garganta—. Volar era tan fácil antes…

—Oh…

—Ya.

—Bueno, ¿y qué tal con Olivia?

—Es una buena compañera. Desde que Luna comenzó a ignorarme al enterarse de… de lo de mi poder… se ha portado muy bien conmigo. Me ha explicado las clases que me he perdido hoy.

—Tal vez deberías ir con ella los fines de semana, podrías hacer nuevos amigos.

—Supongo que sí. Me ha invitado a un concierto el sábado, pero va con su novio.

—Tú puedes llevar a Lucas.

—¡Espiral!

—¿Qué pasa? —Su risita es lo más tierno en kilómetros a la redonda—. ¿No estabais juntos?

—Bueno, sí… No sé. Es algo raro.

—Como quieras. Pero díselo, seguro que se apunta. Tu madre me ha saludado cuando me he asomado a su ventana. Parece que tiene mejor color.

—Un poco sí. Todos los días intentamos sobreponernos y ayudarnos la una a la otra. Hoy ella me ha ganado.

—Mañana quizá…

Alguien chista desde el bloque de enfrente.

—Es Lucas —decimos las dos a la vez.

Nos miramos y ella asiente mientras me coloca de nuevo el pañuelo.

Camino hacia atrás, cojo carrerilla y salto. Siento su soplo en mi nuca y la sonrisa llega a mis mejillas. Por un momento, recupero mis ganas de volar y parece que puedo hacerlo como antes.

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